Pozo de los Aines, un rincón tropical en el Moncayo

Cerca de la población de Grisel, a tan sólo tres kilómetros de Tarazona, se encuentra uno de los lugares más singulares del entorno del Moncayo. Quizás no sea muy conocido, pero su visita nos dejará un recuerdo imborrable. Se trata de un espectáculo natural siempre sorprendente, una dolina, conocida como el Pozo de los Aines. La primera mención documental tiene lugar en el libro “Itinerario del Reyno de Aragón”, cuyos datos fueron recogidos entre 1610 y 1615. Su autor es el geógrafo portugués Juan Bautista Labaña. No se sabe exactamente el momento de su formación, aunque algunos geógrafos la sitúan entre los siglos XI y el XV. Sin embargo otras fuentes lo datan en una fecha anterior. La leyenda más conocida emplaza su formación sobre el año 1535. En aquella época la mayor parte de la población de Grisel era morisca, es decir, musulmanes que fueron obligados a convertirse al cristianismo en 1502 si querían quedarse en España. A pesar de ello muchos seguían profesando su religión en secreto. Uno de ellos, Hamet Ben Larbi, decidió salir al campo a trabajar junto con su criado en un día festivo, al parecer el día de la Virgen de Agosto. En la tarea de trillar, y tras un gran tramit*, la tierra se tragó al morisco, el trillo y las caballerías. Los habitantes de la localidad relacionaron este sorprendente accidente con un castigo divino por trabajar en un día festivo. Debido a su popularidad incluso forma parte del dance de Grisel en forma de verso. Otras leyendas hablan de ermitaños que vivieron en el pozo, y de pasadizos que lo conectaban con el pueblo.
*Tramit: Estruendo.

El fenómeno físico está claro que tiene su origen en el desgaste de los materiales calizos y yesosos situados bajo la superficie debido a la acción de las aguas subterráneas. Ello produjo un desplome de la parte superior del terreno, originándose un pozo de grandes dimensiones conocido como dolina. Las dimensiones de esta oquedad son considerables. Tiene un diámetro en su boca de 22 metros, siendo su profundidad variable entre los 23 metros en la zona central alcanzando los 32 metros en su zona más profunda.

El interior del pozo cuenta con una vegetación completamente diferente a la de su entorno. El campo de olivos en el que se emplaza contrasta con el microclima que guarda la dolina, debido a las condiciones particulares de humedad que emanan del fondo, así como de la temperatura media anual de 10º C. La exuberante vegetación cuelga de sus paredes en forma de enredaderas y plantas trepadoras. En el fondo incluso se forma de vez en cuando una pequeña lámina de agua, mientras que gran parte de la superficie de tierra es ocupada por un ejemplar de helecho conocido como lengua de ciervo. Pero también otros helechos como cabello de Venus, sardinera o el helecho hembra.

En cuanto al nombre de la cavidad, éste parece proceder del término árabe “ayn” que significa auguamanal* o fuente. El plural según algunos estudiosos se debe a ser un término mudéjar, adaptado con posterioridad al castellano. También existe otra interpretación más popular que hace referencia al Pozo de la Inés, una muchacha que perdió la vida al caer a su interior. De su nombre derivó el término actual.
*Auguamanal: Manantial.
El término donde está situado, un olivar, perteneció al Arcediano de Tarazona. En el año 2012 el ayuntamiento de Grisel compró la finca por 15.000 euros a través de una subasta en un portal de internet. Un año después, con la ayuda de un plan de competitividad turístico del Moncayo se ha procedido al acondicionamiento de su entorno.

El Pozo de los Aines está situado a un kilómetro del centro de la localidad de Grisel, y su acceso está perfectamente señalizado. De la plaza de la Iglesia parte la calle San Antón. Tras atravesar la carretera se pasa junto al pilón. Debe continuarse por un camino asfaltado y se pasa junto a unas bodegas. Después se atraviesa el cauce cementado de la acequia de Irués. Con vehículo se puede acceder hasta un aparcamiento. En el trayecto varios paneles ofrecen información sobre el entorno. Un corto paseo acerca al olivar, donde se ha acondicionado una zona de merendero. En medio del campo aparece la depresión, casi oculta por la vegetación, y cuyo perímetro está vallado. En un lateral se encuentra una bajada con escaleras talladas en la roca que conducen a un sorprendente mirador suspendido en el aire. Se trata de una pequeña cueva situada en la parte alta de la dolina. Una rejilla metálica en el extremo permite convertir el mirador en un balcón para contemplar mejor la maravilla natural oculta en su interior. Por la noche en la paredes del pozo hay instalados unos focos que iluminan su interior. El acceso al fondo del pozo sólo es posible mediante un equipo adecuado para descolgarse desde la boca o desde el mirador. El aprovechamiento humano a lo largo del tiempo ha quedado constatado por la existencia de un palomar excavado en una pared de la dolina.

El interior del pozo sorprende a cualquier visitante. El clima mediterráneo del entorno se convierte en apenas unos metros bajo tierra en un clima tropical. La vegetación tapiza tanto las paredes como el fondo ocultando casi por completo la roca. El silencio sólo roto por el sonido de las gotas de agua cayendo es capaz de embelesar a todos los visitantes de este lugar tan peculiar de la comarca de Tarazona y el Moncayo.

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