Esconjuraderos, lugares donde ahuyentar tormentas

En los Pirineos hay numerosos espacios destinados a un fin común: ahuyentar las tronadas*. Se trata de un curioso aspecto de la cultura y tradiciones pirenaicas. Una tormenta, con lluvia intensa, granizo, vientos huracanados y con impacto de rayos, podían en tan sólo unos minutos afectar seriamente a los cultivos, el ganado, la casa o incluso a las propias personas. Haciendas que había costado mucho trabajo conseguir y que eran imprescindibles para el sostenimiento de la economía rural.
*Tronada:Tormenta.

Para defenderse de las inclemencias del tiempo se recurría a las creencias populares. Había rituales no sólo para defenderse de las afecciones meteorológicas, sino también de todo tipo de fuerzas consideradas sobrenaturales que afectaban a la supervivencia y la salud. El Museo de Creencias y Religiosidad Popular del Pirineo Central, ubicado en Abizanda, ofrece un amplio recorrido por el complejo mundo de la magia y la superstición, que después fue incluido en la religión cristiana. En sus instalaciones muestra amuletos utilizados para proteger la casa, el individuo y la comunidad, así como los ganados y los campos. Ejemplos conocidos son los espantabrujas, situados en la parte alta de las chimeneas, o los cardos y patas de animales colocados en las puertas de las casas.
Desde tiempos ancestrales hubo personas con poderes especiales que con sus conjuros eran capaces de que las tormentas se alejaran de la población a la que debían proteger. Su poder podía llegar a controlar el lugar donde descargar todo su potencial. Estas tradiciones de origen pagano que tenían por objeto el control de la naturaleza por parte del ser humano fueron cristianizadas poco a poco por la Iglesia, incorporándose a la liturgia católica. La oración y los conjuros eran las únicas herramientas para luchar contra los efectos devastadores del tiempo. A pesar del desarrollo de la ciencia, en la actualidad el hombre no ha sido capaz de controlar eficazmente sus efectos, aunque sí predecirlas con cierta precisión.

Tradicionalmente se repicaban las campanas para combatir las tormentas. Todos los campanarios solían contar con una campana dedicada a Santa Bárbara, abogada contra las tormentas. A partir del siglo XVI ya aparecen documentados los esconjuros practicados en los pórticos, ventanas o campanarios de las iglesias. Entre los siglos XVI y XVII surgieron además pequeñas construcciones cubiertas desligadas de ellas, pero a escasa distancia. Su función era celebrar los rituales para ahuyentar las tormentas, aunque también las plagas y otros peligros para las cosechas. Su ubicación ofrecía amplias panorámicas desde donde los sacerdotes practicaban los conjuros.

En Aragón, y en concreto en la comarca del Sobrarbe se concentra la mayor parte de estas construcciones. Aquí son conocidas con el nombre esconjuraderos, que deriva del término aragonés esconchurar o esconjurar*. También hay algunos ejemplos en Cataluña llamados comunidors, con similares funciones. Y puede encontrarse algún ejemplo en la vertiente francesa.
*Esconjurar: Conjurar.

En cuanto a su tipología, los esconjuraderos aragoneses son pequeñas construcciones de planta cuadrada por lo general, con vanos de medio punto abiertos a los cuatro puntos cardinales. Fueron construidos en mampostería y piedra en los arcos. Se cubren con bóveda esquifada, semiesférica o por aproximación de hiladas, recubierta al exterior por losa de piedra en la zona pirenaica o teja árabe en el Prepirineo. En cuanto al pavimento puede ser de lajas de piedra, ladrillo o cantos rodados.
En la comarca del Sobrarbe contamos con ejemplos de esconjuraderos en Asín de Broto, Almazorre, Guaso, San Vicente de Labuerda, Mediano, Burgasé, Campol y El Pueyo de Araguás. En la comarca de la Jacetania en Baraguás. En el Somontano de Barbastro en Adahuesca y Alquézar. Y en la Hoya de Huesca la Cruz Blanca y la Cruz Cubierta en la Sierra de Guara.

El esconjuradero de Guaso está en una ubicación privilegiada. Situado en el barrio del Tozal, el más importante de los que forman la localidad, a escasa distancia de la iglesia parroquial de origen románico. Y cerca de Aínsa/L´Aínsa, a una distancia de unos seis kilómetros. Desde este punto hay magníficas vistas del valle del Ara, así como de la Peña Montañesa/Picón d´o Libro y Tres Serores/Treserols. Se trata de una construcción cuadrada abierta con cuatro arcadas de medio punto y cubierto con tejado cónico de losas.

Remontando el valle del río Ara, y tras pasar Fiscal, parte la carretera local que conduce a la pequeña localidad de Asín de Broto. Su esconjurador, como es conocido aquí, sirve da acceso al recinto formado por la iglesia parroquial y el cementerio. En este caso su estructura difiere del resto ya que cuenta con planta rectangular. Enfrentados se abren dos arcos de medio punto. Cuenta además con otro arco de medio punto completo, y dos más a modo de ventanas. En uno de los costados se encuentra el cementerio en un pleno elevado con lo que no cuenta con abertura. Se cubre con bóveda apuntada, y al exterior con tejado de losetas a dos aguas. Recientemente ha sido restaurado.

Otro espacio para ahuyentar tormentas está situado en San Vicente de Labuerda. Este pequeño pueblo se encuentra a siete kilómetros de Aínsa/L´Aínsa remontando el valle del Cinca, y tomando un desvío desde Labuerda. La única calle deja ya a las afueras en en el recinto formado por la iglesia románica, el cementerio y la casa abacial. El acceso al mismo lo constituye el propio esconjuradero. Un pequeño templete cuadrado con cuatro arcos de medio punto, uno de ellos adosado al cementerio. Se cubre con tejado a cuatro aguas cubierto con losas. En libros antiguos se ha conservado un texto de los que aquí se utilizaban durante los conjuros: “Boiretas en San Bizién y Labuerda: no apedregaráz cuando lleguéz t’Araguás: ¡zi! ¡zas!”.

El último de los ejemplares mejor conservados está situado en la cabecera del río Vero, se encuentra la localidad de Almazorre. En el barrio alto, y en un extremo del recinto formado por la iglesia parroquial y la casa abacial, se emplaza otro bello ejemplo de esconjuradero. Tiene planta cuadrada y se accede al interior a través de una puerta de arco rebajado. En el resto de muros se abren vanos rebajados a modo de ventanas. Se cubre con bóveda de aproximación de hiladas y un esbelto tejado cónico a base de losetas al exterior.

Resistiendo no sólo las inclemencias meteorológicas, sino también sumergiéndose todos los años bajo las aguas del embalse de Mediano se encuentra otro de los esconjuraderos. Sólo es visible durante el estío ya que está bajo la cota máxima del pantano, de la cual sí que sobresale la parte alta de la iglesia parroquial de Mediano, situada a escasos metros. Su estructura responde a la misma tipología, con cuatro arcos de medio punto en dirección a los puntos cardinales. Sólo uno de ellos es completo, a modo de puerta, y el resto son ventanas. Se conserva la cúpula por aproximación de hiladas, pero carece del tejado original debido a su regular estado de conservación. Su antigua ubicación, al borde del barranco que perfilaba el casco urbano hace que sea un excelente emplazamiento, a pesar de en la actualidad las aguas represadas del Cinca impidan apreciarlo.

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San Emeterio y San Celedonio, una joya del Sobrarbe

La lista engrosa algunos que están en estado de ruina si no se interviene de manera rápida. Apuntalado se encuentra el esconjuradero de Burgasé. Esta localidad perteneciente al valle de la Solana, se encuentra despoblada como la mayor parte de las aldeas pertenecientes al mismo valle. Todas ellas se emplazan en torno al río Cajol, afluente del Ara por su margen izquierda. En cuanto al esconjuradero es el único en el que figura la fecha de construcción en uno de sus sillares, 1613. Se emplaza a pocos metros de la iglesia parroquial. Tiene planta cuadrada y el acceso de arco de medio punto. En el resto de los muros se abrían vanos rebajados, ahora tapiados. Se cubre con bóveda esquifada y con tejado de loseta a cuatro aguas. En su interior se conserva el pavimento con cantos rodados realizando figuras geométricas. Otra de sus singularidades es que bajo al mismo cuenta con una pequeña cámara abovedada que servía para recoger el agua de la calle y dar servicio a los huertos cercanos.

En el caso del Pueyo de Araguás su singularidad radica en que está situado sobre el cuerpo de campanas de la torre de la iglesia parroquial. Su estructura es similar a los anteriores, con planta cuadrangular y cuatro aberturas, tres de medio punto y un cuarto adintelado. Se cubre con bóveda esquifada al interior, y tejado de cuatro aguas de loseta.

El esconjuradero de Campol sufrió peor destino, ya que tras su ruina fue reconvertido en un almacén, modificando su estructura con dos puertas adinteladas. Es el último de lista de los ubicados en la comarca del Sobrarbe.

En la comarca de la Jacetania se encuentra el esconjuradero de Baraguás, el cual fue recuperado hace algunos años. Fue construido en 1652 y se trata de un edificio exento que tiene aspecto de torre, situado en las inmediaciones de la iglesia parroquial y del cementerio. En su cuerpo alto se abren cuatro vanos adintelados. Se cubre con tejado de madera recubierto con pizarra en forma de chapitel.

En la Hoya de Huesca se pueden encontrar otros dos ejemplos de esconjuraderos, en plena Sierra de Guara. El primero de ellos conocido como la Cruz Cubierta se emplaza en un cruce de caminos, entre el embalse de Vadiello y la ermita de San Cosme y San Damián. Cuenta con planta cuadrangular y se abre a los cuatro puntos cardinales por arcos de medio punto completos. Se cubre con bóveda semiesférica, y al exterior por cubierta de teja a cuatro aguas.

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Vadiello, el espejo de la Sierra de Guara

En cuanto al segundo, la Cruz Blanca, se trata del esconjuradero de mayores dimensiones, contando con unos seis metros de lado, el doble de lo habitual. Se puede acceder a través de la pista anterior, o también tomando el acceso al embalse de Calcón, y antes de llegar tomando una pista a mano izquierda. Se abre con arcos de medio punto en tres de sus costados, dos de manera completa y otra a modo de ventana. Se cubre con bóveda semiesférica y al exterior con techumbre a cuatro aguas de teja.

Y finalmente en la comarca del Somontano aparecen los dos últimos esconjuraderos aragoneses. En el conjunto de la colegiata de Alquézar aparece semioculto en el recinto amurallado su esconjuradero. La torre central de la muralla alberga en su parte alta el espacio para ahuyentar las tormentas. Fue construida en el siglo XVI y recrecida en el siglo XVIII en ladrillo para albergar este fin. En su origen contaba con tres arcos de medio punto en cada lado, excepto en el costado donde se emplazaba el acceso adintelado. Se cubre la torre con cubierta de teja de cuatro aguas. Recientemente ha sido acondicionado su interior para albergar lavabos públicos. En el caso de Adahuesca, el esconjuradero forma parte del conjunto de la iglesia parroquial, situándose sobre la sacristía.

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Ciervo de Chimiachas, fiel retrato de un cérvido milenario

Desde Alquézar, una de las localidades más bellas de Aragón, parten multitud de itinerarios para disfrutar de la naturaleza tan agreste que rodea su casco urbano. En la parte alta de la localidad, junto a las piscinas hay un aparcamiento. Bordeando las instalaciones por la izquierda parte una calle que enseguida se convierte en sendero. Es necesario tomar las indicaciones hacia las balsas de Basacol, o de los Abrigos de Quizans y Chimiachas. El recorrido avanza y se interna en el barranco de Payuala. En unos veinte minutos se alcanza una zona con paredes verticales, que se atraviesa gracias a una pasarela metálica. Más adelante, en un pequeño desfiladero se cambia de margen gracias al puente de Payuela, que servía para el paso del agua y ahora es utilizado para el paso de los senderistas. Mediante unas escaleras se alcanzan las antiguas balsas de Basacol, después de media hora de caminata. Sirvieron como lugar de almacenamiento para el agua potable de la localidad de Alquézar hasta hace unos años. Ahora constituyen un punto de recogida de aguas para la extinción de incendios. El entorno ha sido acondicionado embelleciéndolo y ofreciendo un lugar de recreo dotado de bancos y mesas. En la balsa superior aparece un pequeño templete que emplaza en uno de los costados.

Por este punto pasa una pista que debe tomarse en sentido ascendente, y más tarde se coge un sendero. Tras hora y veinte minutos de recorrido se alcanza el cruce señalizado que conduce en pocos minutos a los corrales donde están los Abrigos de Quizans. Están compuestos por dos covachos. En ellos aparecen representaciones de estilo esquemático, en un entorno de gran belleza. Volviendo a la senda principal, se alcanza una nueva pista. En un nuevo cruce, junto a una caseta pastoril, se toma una pista en fuerte descenso. Más abajo se convierte en senda y rodeada de pinos y encinas se adentra en el angosto barranco. Se pasa junto a dos abrigos rocosos de grandes dimensiones y recorre el fondo del barranco. Al final un ramal en ascenso conduce definitivamente hasta el Abrigo de Chimiachas, en un lugar que parece inaccesible, tras dos horas de caminata.

El primer hallazgo del conjunto pictórico del Vero se debió a Antonio Beltrán en febrero de 1969 en Lecina. Con la llegada de Vicente Baldellou a la dirección del Museo de Huesca en junio de 1978 comenzó una primera campaña intensiva para la rechira* de pinturas rupestres en la cuenca del Vero. En estos trabajos le acompañó un grupo vinculado al Museo de Huesca, algunos vecinos de Alquézar y estudiantes del Colegio Universitario de Huesca. El gran volumen de abrigos descubiertos, 60 en total, así como la riqueza y cantidad de las pinturas rupestres lo convierten en un auténtico museo al aire libre de la Prehistoria. La singularidad de este conjunto recae en la agrupación en un espacio tan reducido de los estilos principales de arte rupestre europeo. En ellos se representan el arte paleolítico (estilo naturalista desarrollado en cuevas en torno al 18.000 a.C.), el arte levantino (estilo naturalista propio desarrollado en el arco mediterráneo entre el 6.000 y el 4.000 a.C.) y el arte esquemático (estilo basado en el simbolismo y la abstracción correspondiente a una sociedad agraria y ganadera y entre el 5.000 y el 1.500 a.C.).

*Rechira: Búsqueda, investigación.

En el año 1998 llegó su reconocimiento internacional, al ser integrados en la declaración del Arte Rupestre del Arco Mediterráneo de la Península Ibérica como Patrimonio de la Humanidad. En total, son 727 los conjuntos situados en distintas zonas de Andalucía, Aragón, Castilla-La Mancha, Cataluña, Comunidad Valenciana y Murcia. Se trata del conjunto rupestre más grande de Europa. En las representaciones se muestran imágenes de la vida cotidiana en un periodo fundamental de la evolución cultural de la humanidad, entre el 10.000 y el 3.500 a.C. Se emplazan en abrigos rocosos en los que se narran las primeras escenas de narradas de la Prehistoria en Europa. A través de signos e imágenes figurativas se representan animales y seres humanos en escenas de caza, de plega*, danza o guerra en las que predominan los colores rojo, el negro y el blanco.

Plega*: Recolección, recaudación.

En el año 2001 fue declarado el Parque Cultural del Río Vero. Ocupa una superficie perteneciente a nueve municipios: Bárcabo, Colungo, Alquézar, Adahuesca, Santa María de Dulcis, Pozán de Vero, Azara, Castillazuelo y Barbastro. En esta figura de protección aragonesa se agrupan el patrimonio cultural y natural en su más amplio sentido: paleontológico, arqueológico, arquitectónico, etnográfico, paisajístico, geológico, museístico, gastronómico…

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Cañón del río Vero, naturaleza y arte en estado puro

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Dentro de este conjunto destaca el Ciervo de Chimiachas, una pintura rupestre ubicada en la margen derecha del barranco homónimo, afluente del río Vero. El abrigo se encuentra elevado sobre el cauce habitualmente seco, y emplazado en una oquedad alargada de 18 metros de longitud y 5 metros de profundidad, orientada al sureste. Se accede al mismo por un sendero y en su tramo final por unas escaleras metálicas. Contiene una única y espectacular representación de un ciervo, protegida por una reja. El majestuoso cérvido aparece pintado en solitario en posición estática. Su excelente estado de conservación permite apreciar la técnica utilizada en su ejecución. La silueta está pintada en rojo, con líneas gruesas, y la figura se rellena con tintas planas en diferentes tonalidades que oscilan del rojo vinoso a tonos más ocres. El resultado es una pintura realista de pequeño tamaño, que sorprende por su excelente factura, fuerza expresiva y belleza. Constituye la mejor muestra de arte levantino del Parque Cultural del Río Vero, así como el ciervo mejor conservado y más impactante de los existentes en el Alto Aragón.

En cuanto a su ejecución, se estima que fuera realizado entre el 6.000 y el 4.000 a.C., Perteneciente a la corriente naturalista del arte levantino dentro del arco mediterráneo de la Península Ibérica. La representación de ciervos en el arte rupestre levantino forma parte según algunos estudiosos de un ritual ceremonial. Aparte de las escenas de caza junto con otros animales, suelen aparecer en solitario o acompañados de otros ciervos o ciervas en actitud reposada. Se piensa que fueran considerados como animales sagrados debido a la insistencia en su representación. Pero también existen otras interpretaciones que hacen pensar que fueran simplemente elementos informativos de cara a otros pobladores, como para señalar lugares donde se pudiesen encontrar estos animales, con el fin de facilitar la caza de los mismos.