Venasque y Benasque, ligadas por su topónimo

Nuestro dragón Chorche no pierde oportunidad en sus viajes para relacionar sus visitas con Aragón. En su último viaje por la Provenza francesa, una región con muchísimos atractivos, no dudo en visitar la pequeña población de Venasque, atraído por su semejanza toponímica con la localidad pirenaica de Benasque.

En cuanto a su situación geográfica Venasque se emplaza en la región francesa de Provence-Alpes-Côte d´Azur. Y dentro de ella en el departamento de Vauclause, cuya capital es Aviñón, de la cual dista unos treinta kilómetros. Respecto a Benasque, pertenece a la comunidad autónoma de Aragón, dentro de la provincia de Huesca, situado a 143 kilómetros de la capital. Sin embargo es más equiparable entre ambas poblaciones la unidad administrativa inferior, en el caso de la población aragonesa. Benasque pertenece a la comarca de la Ribagorza, cuya capital es Graus, situada a unos sesenta kilómetros. En cuanto a superficie el departamento de Vauclause tiene unos 3.500 km2, frente a los casi 2.500 km2 de la comarca de la Ribagorza. Entre ambas sin embargo hay una gran diferencia de población. El departamento francés cuenta con más de medio millón de habitantes, frente a los poco más de doce mil habitantes de la comarca de la Ribagorza. Como curiosidad Venasque y Benasque distan unos 600 kilómetros por carretera.


Venasque está situado en la vertiente mediterránea francesa, a menos de cien kilómetros de la costa. El departamento está marcado por llanura situada entre los ríos Ródano y Durance, la zona más fértil y poblada. La localidad está en el piedemonte de las últimas estribaciones del Mont Ventoux. Conocido como el Gigante de la Provenza, esta mole calcárea es bistera* a gran distancia gracias a su posición dominante y aislada en la región, elevándose a 1.912 metros. La falta de vegetación en la cumbre, unido a sus materiales blanquecinos favorece su visión, acrecentada por la nieve en invierno. Se trata de una de las cumbres más suroccidentales de los Alpes. El casco urbano se emplaza a 425 metros de altitud sobre un espolón rocoso de fácil defensa, a cuyos pies discurre el río Nesque, tras dejar atrás las gargantas del mismo nombre. En el paisaje se mezcla la masa forestal con los campos de viñedo, donde se produce la Muscat de Venasque perteneciente a la denominación de origen vinícola de Ventoux, y los cerezos, con la afamada Cerise de Venasque.
*Bistero/a: Visible.


Por el contrario, Benasque es una población enclavada en el corazón de los Pirineos. Dentro de sus límites se levantan las más altas cumbres pirenaicas con el Aneto que alcanza los 3.404 metros. De ellas se descuelgan los últimos glaciares peninsulares, y gran cantidad de bosques, ibones y praderas, formándose un conjunto de paisajes idílicos. El casco urbano se emplaza a 1.138 metros de altitud en la parte central del valle de Benasque, más conocido por sus habitantes como Ball de Benás. Esta depresión está surcada por el río Ésera, que nace en las montañas pirenaicas y surca el territorio en dirección al sur. La complicada orografía lo ha mantenido aislado tanto del resto de la provincia oscense, a la cual se accede por el congosto de Ventamillo, como de tierras francesas. Tradicionalmente la economía se ha basado en la actividad ganadera, con el aprovechamiento natural de los pastos, y en menor grado de la agricultura.


Desde época prehistórica está poblado el territorio en torno a Venasque como así lo atestiguan los restos encontrados en las cuevas del valle Nesque. Vindasca fue uno de los bastiones de la tribu galesa Memini. Durante el Bajo Imperio romano, sus defensas fueron mejoradas. Su etapa histórica más importante va ligada al Comtat Venaissin. Estas tierras pertenecían a los condes de Toulouse desde 1125. Durante la cruzada contra los albigenses, Raymond VII de Toulouse fue derrotado en 1219. Finalmente son cedidas por el rey francés al papado. En 1274 el papa Gregorio X crea el Comtat Venaissin, historia que se prolongó hasta septiembre de 1791. En este año fueron incorporados definitivamente a Francia los territorios pontificios del estado de Avignon y el Comtat Venaissin, tras más de un siglo de intentos por parte de los reyes franceses. Después de superar el millar de habitantes en aquella época, su población fue descendiendo hasta alcanzar los 371 en 1946. La tendencia se invirtió y poco a poco se ha recuperado de nuevo el millar de habitantes, siendo de 1.058 en el censo de 2015.
También en el entorno de Benasque existen vestigios de la época prehistórica, aunque son escasos. La ocupación romana fue larga y cruenta y de aquella época se piensa que puedan datar los actuales baños de aguas sulfurosas. Los habitantes del valle fueron acosados también por visigodos y francos por el norte, y se acercaron los musulmanes al sur, con la frontera en Roda de Isábena. La historia del condado de Ribagorza se remonta a principios del siglo IX, primero unido al condado catalán de Pallars, separándose a finales del mismo siglo. Su topónimo aparece documentado por primera vez a principios del siglo X, en el Rótulo de Benasque. Entre los años 1000 y 1025 Sancho Mayor de Navarra se apodera del condado de la Ribagorza. A su muerte pasa a su hijo Gonzalo, y tras su muerte a Ramiro I reagrupa los condados aragoneses dando lugar al recién nacido Reino de Aragón. Durante la Edad Media el valle de Benasque disfruta de un auge comercial derivado de su situación fronteriza y de las explotaciones mineras. Tras el paso a la corona española, en siglo XVII comenzó el declive. Una grave sequera*, la peste y un terremoto, a lo que se añaden las sucesivas guerras. La población alcanzó un máximo en 1870, con 1.750 habitantes. Le sucedió la pérdida de más del 65% del censo durante el siglo XX, con un mínimo de 574 habitantes en 1970. En las últimas décadas ha sufrido una milagrosa recuperación gracias al despegue económico producido por el turismo, alcanzado los 2.121 habitantes en 2015.
*Sequera: Sequía.
Venasque está incluida en la lista de las poblaciones más bonitas de Francia, le Plus Beaux Villages de Francia. Un buen punto de partida para su visita es una de sus imponentes puertas de acceso. Su emplazamiento protegido por los escarpes rocosos fue reforzado ya en la época romana. Debieron consolidarse después durante el período merovingio, entre los siglos V y VIII. Las puertas actuales proceden de una restauración de principios del siglo XX.  
Ya dentro de la trama urbana, las calles estrechas forman un casco urbano surcado por calles irregulares, con bellas fachadas de casas donde se combina la piedra y el enlucido.


En el centro de la población confluyen varias calles dando lugar a una recoleta plaza, en cuyo centro se alza una pequeña fuente.


La calle principal avanza, atravesando la zona más activa del enclave, con pequeñas tiendas y alojamientos hosteleros, donde también se alza el Hotel de Ville, o ayuntamiento.


Al final se alcanza la iglesia de Notre-Dame. La construcción puede datar del siglo VI, y en el año 1258 se tiene constancia de la reconstrucción del edificio. Posteriormente fue reformada en los siglos XVII y XVIII. En su interior llama la atención que el ábside de la cabecera no está alineado con el eje de la nave, debido a las sucesivas reformas del templo. En cuanto a las portadas, una de ellas es románica, a los pies de la nave, y la otra barroca, en un lateral. La torre de planta cuadrada está coronada por una balaustrada y se culmina con chapitel piramidal de piedra.


Rodeando la iglesia se accede al baptisterio de San Juan Bautista, uno de los edificios religiosos más antiguos de Francia. Ello se debe a que procede de la época merovingia (siglo VI), aunque fue reformado en diferentes ocasiones hasta la etapa románica. El baptisterio era utilizado para bautizar por inmersión a catecúmenos adultos, de ahí las dimensiones del edificio. Aparece oculto desde el exterior por los edificios levantados en el siglo XIII. Su interior está compuesto de planta de cruz griega, con cuatro ábsides en los extremos. Se decoran con arcos ciegos que descansan sobre columnas romanas reutilizadas. En la zona central se alza pila bautismal original, de forma octogonal.


Benasque es uno de los pueblos más bellos de los Pirineos, con un gran potencial turístico gracias a la estación de esquí de Cerler, así como por sus grandes atractivos naturales, artísticos y gastronónimos que atesora en los pueblos que conforman el valle. Se accede a villa por la avenida de los Tilos.


Su casco urbano se estructura en torno a la calle Mayor, que recorre el pueblo de sur a norte. En ella están situados los edificios más notables. El antiguo Palacio de los Condes de la Ribagorza fue erigido en el siglo XVI, de ruda arquitectura montañesa pero con influencias renacentistas italianas. En la fachada principal se abre la puerta y cuenta además con ventanas rectangulares decoradas con buen gusto. En una de las esquinas se conserva un garitón de mampostería.


Al final se alza la plaza del del ayuntamiento en la que están situadas la Casa Fauré, el ayuntamiento y la iglesia parroquial, todos ellos alrededor de un gran tilo. Es conocida como la tellera de la plaza, y su copa se eleva hasta los 17 metros. Alrededor de ella cada 30 de junio tiene lugar el tradicional Ball de Benás, cuya música sirvió posteriomente de base al Himno de Riego.


La Casa Fauré destaca por su soberbia fachada, en una de cuyas esquinas luce una torre con un solo cuerpo de cuatro pisos. También está situado el ayuntamiento cerrando uno de los lados de la plaza. Se trata de un edificio reciente pero guardando las características constructivas del valle.


La iglesia de Santa María es un edificio renacentista, que recoge elementos anteriores románicos que datan finales del siglo XII. La entrada está compuesta de una portada de cuatro arquivoltas. Sobre ella un amplio rosetón con variada iconografía de la primera época románica. En su interior presenta planta cruz latina cubierta con bóveda de cañón ligeramente apuntada. La torre se halla adosada a los pies, compuesta de planta cuadrangular que se remata con chapitel piramidal.


Después de salir a la plaza y callejeando se llega a la calle Antón Cornel en la que se alza la Casa Juste del siglo XV, una de las casas fuertes de mayor interés arquitectónico de la villa. Junto a la vivienda sobresale la torre de aspecto defensivo, con remate de vistosas almenas. Presenta al exterior vanos cuadrados moldurados, y bajo las almenas dos vanos pequeños de medio punto, además de una fila de aspilleras.

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Remontando el río Ésera

Al nombrar el río Ésera, muchos tendrán dificultad para ubicarlo en Aragón. No es muy conocido a pesar de ser uno de los ríos pirenaicos más importantes, que recorre casi cien kilómetros entre el Macizo de la Madaleta y su desembocadura en el río Cinca una vez atravesado el Congosto de Olvena. Pero si digo que pasa por Graus, Campo y Benasque seguro que es más fácil de localizar.

El pasado fin de semana estuve remontando el río y realicé una primera parada en Graus, capital de la Ribagorza. Me encanta esta localidad y cada vez que la visito es inevitable visitar su comercio tradicional, con excelentes manjares en embutidos y lamines*, cuyo máximo exponente es la longaniza de Graus. Pero también me gusta pasear por sus calles que guardan el sabor de antaño, y llegar a la plaza Mayor. En esta ocasión lo hice de noche. Es uno de esos lugares que me fascina; una amalgama de fachadas irregulares, todas diferentes, que dan lugar a un conjunto único por la singularidad de las pinturas que ofrecen. También me pasé por el Espacio Pirineos, en la plaza de la Compañía, donde había una exposición de fotos antiguas de Benasque en tres dimensiones muy interesante. En Graus hay mucho más que ver, que ya había visitado. Los portales medievales de Linés y Chinchín, el puente de Abajo y sobre todo la basílica de la Virgen de la Peña, con sus magníficas vistas de la localidad.

*Lamines: Dulces.

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Remontando el valle llegué hasta Santaliestra y San Quílez. Esta localidad estuvo amenazada por la construcción de un pantano durante décadas. En esta ocasión los pantaneros no consiguieron su objetivo y el sentido común hizo que se desechase esta opción en favor del embalse de San Salvador. Para poder contemplar la belleza de este tramo del valle y celebrar que todavía sigue virgen subí hasta la ermita de Santiago. Para ello tomé una pista que sale desde la carretera, muy cerca del desvío al pueblo y que conduce a la aldea despoblada de La Corona. Tanto por la pista, algo más larga, como por senda, se puede subir a la parte alta, atravesando un bello bosque de pinos, bojes y quejigos. Tras el esfuerzo por la subida, arriba todo son recompensas. Un pueblo deshabitado más en mi mochila, que la vegetación ya ha atrapado en parte, y la visita a la ermita situada a diez minutos. Está ubicada al borde de un acantilado vertical de trescientos metros de altura. Ni que decir tiene que las vistas son espectaculares, con el río Ésera surcando un precioso valle, en cuyo fondo se contempla la localidad de Santaliestra.

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También aproveché para visitar algún despoblado más en los alrededores de Campo, otra de las poblaciones por las que pasa el río Ésera. Aldeas como Bacamorta, Terraza y Esterún, donde todavía hay algo de vida, pero ya poca. Con ellos ya me quedan sólo 44 pueblos en mi lista. Y para terminar el fin de semana subí hasta la cabecera del valle, quizás el enclave más conocido. Hace cuatro meses esta localidad estuvo en las portadas de los informativos por una riada cuyo protagonista fue precisamente el río Ésera. Debido a las fuertes lluvias se produjo una avenida extraordinaria, cuyos desperfectos todavía se pueden apreciar en sus márgenes. Benasque, Benás en patués, una variedad del aragonés, es una de las joyas del Pirineo. Su casco urbano aglutina un conjunto arquitectónico con bellos ejemplos de casas en las que destacan los detalles de sus portadas. Entre todas ellas destacan Casa Fauré, junto a la Casa La Bila (ayuntamiento), Casa Juste, con su torreón, y el palacio de los Condes de la Ribagorza, recientemente restaurado. El domingo por la tarde el paseo fue muy tranquilo. Habían llegado las primeras nevadas pero los esquiadores todavía no tenían a su disposición las pistas de esquí con lo que las calles estaban desiertas. Disfruté de manera intensa de lo pintoresco de esta localidad que hacía años que no visitaba. Todavía había restos de la nieu* caída hace unos días, la primera nevada de la temporada, que sí teñía de blanco las montañas se alrededor. Culminé mi estancia con un café caliente en uno de los pocos bares abiertos, saboreando lo visitado en este fin de semana por tierras ribagorzanas, junto al río Ésera.

*Nieu: Nieve.

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