María Moliner, ella y su diccionario

María Moliner, lexicógrafa aragonesa, fue ante todo mujer. Una mujer que realizó una labor intelectual poco habitual en la época en la que vivió. Perteneció al grupo de pioneras universitarias, ejerciendo la profesión de bibliotecaria y archivera. Pero además de inteligente y vigorosa fue generosa. Dentro de las Misiones Pedagógicas, un proyecto cultural de la Segunda República, participó muy activamente en la creación de una rete* de bibliotecas españolas. El objetivo era llevar la cultura a los pueblos más desfavorecidos, con el fin de alfabetizar el país. Para ella un libro era una ventana maravillosa para asomarse al mundo. Librepensadora, tuvo su particular exilio interior con la llegada del franquismo. Un silencio que supo cubrir con el trabajo más importante de su vida, la elaboración del Diccionario de Uso del Español. Un minucioso trabajo que ocupó quince años de su vida que combinaba con su trabajo y su familia, presumiendo de sus nietos. El silencio le llegó de nuevo al final de su vida, presa de una enfermedad que le dejó sin palabras durante sus últimos años de vida.
*Rete: Red.

María Moliner nació en la localidad zaragozana de Paniza el 30 de marzo de 1900. Sin embargo la estancia en su pueblo natal fue de dos años, al trasladarse la familia a Almazán y poco después a Madrid. Allí María estudió en la Institución Libre de Enseñanza. En el año 1914 su padre se fue a América y no volvió, abandonando a la familia. Un año después su madre decidió volver a Aragón, estableciéndose en Zaragoza. María continuó sus estudios, mientras daba clases particulares ayudando en buena medida a la subsistencia económica de la familia. En 1918 terminó el bachillerato. Cursó después Filosofía y Letras en la Universidad de Zaragoza, licenciándose en 1921 con sobresaliente y premio extraordinario. Un año después obtuvo plaza por oposición en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, siendo su primer destino el Archivo de Simancas. En 1924 pasó al Archivo de la Delegación de Hacienda en Murcia. En la Universidad de Murcia, María Moliner fue la primera mujer que impartió clase. En esta ciudad conoció a su futuro marido, Fernando Ramón Ferrando, joven licenciado en Física, y se casaron en 1925. A comienzos de los treinta obtuvo plaza en el Archivo de la Delegación de Hacienda de Valencia. Allí se trasladó la pareja y tuvo lugar el nacimiento de sus dos primeros hijos. Combinó la maternidad con su vida profesional, y además comenzó su trabajo vinculado a las Misiones Pedagógicas que nacieron del espíritu de la Segunda República. Dentro de este proyecto cultural participó muy activamente en la organización de las bibliotecas rurales, en defensa de la cultura como regeneración de la sociedad. Tras la victoria de Franco, estuvieron a punto de irse, como otros tantos exiliados políticos. María no se definía abiertamente como una roja, pero su actividad republicana durante el régimen anterior la delataba. Sin embargo su marido estaba posicionado explícitamente en la izquierda. Al quedarse sufrieron la represión profesional. María no perdió su plaza, pero si 18 puestos en su escalafón, que no recuperó hasta 1958. Y su marido fue suspendido de empleo y sueldo, recuperando su puesto como catedrático de Física de Universidad de Salamanca en 1946, donde se jubiló en 1962. Se trasladaron a Madrid, donde María entró en la biblioteca de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales, siendo su directora hasta jubilarse en 1970. En estos años se dedicó al cuidado de su marido, enfermo y ciego ya en 1968, falleciendo en 1974. Y ella comenzó en 1973 con síntomas de arterioesclerosis cerebral, una enfermedad que le provocó la pérdida de la memoria. Los últimos seis años de su vida fue cuidada por su hermana e hijos, hasta el fallecimiento el 22 de enero de 1981.

En los años cincuenta, comenzó el trabajo vital por el cual fue reconocida su figura como lexicógrafa. Reconocía las deficiencias del Diccionario de la Real Academia Española, y comenzó las anotaciones con la idea de hacer un diccionario. Esta empresa se dilató nada menos que quince años. Encerrada en su casa, con los hijos ya criados y su marido trabajando fuera, fue desarrollando este ingente trabajo. Una labor diaria e individual, sacando tiempo dinantes* y después del trabajo. No tenía apenas vida social y dedicaba la mayor parte del día al diccionario. Partía de la necesidad de un documento de consulta más claro y sencillo que el académico, con el fin de que los españoles sacaran mayor partido de su idioma. Su obra es un diccionario de uso, con definiciones, sinónimos, expresiones y frases hechas, y familias de palabras. Su pasión por las palabras le hizo dedicar mucho tiempo, de una manera pausada y concentrada en su trabajo, mientras sus nietos correteaban por el salón de la casa, donde tenía su despacho. En el Diccionario de Uso del Español, más conocido como Diccionario de María Moliner, introdujo innovaciones que fueron adoptadas después por la academia. Acabó con los círculos viciosos en el cual se define una palabra con un sinónimo, hasta llegar a la primera palabra de nuevo. Metió la CH dentro de la C, y la LL dentro de la L. Y recogió muchas palabras que después fueron incorporadas en el diccionario de la RAE. En el año 1955, gracias a la intercesión del académico Dámaso Alonso, consiguió un contrato con la Editorial Gredos. Hasta la publicación, entre los años 1966 y 1967, el trabajo de edición fue muy laborioso. El resultado final de la obra fueron 3.000 páginas editadas en dos tomos. En el año 1998 se publicó una segunda edición que incluía dos volúmenes y un cd-rom, así como una edición abreviada. La tercera y última revisión fue editada en septiembre del 2007. La dedicatoria de su diccionario define por sí sola el trabajo invertido en el mismo: “A mi marido y a nuestros hijos les dedico esta obra terminada en restitución de la atención que por ella les he robado”.
*Dinantes: Antes.

A pesar de la edición de trabajo en pro del español no llegó a entrar en la Real Academia de la Lengua Española. Fue propuesta para académica por Dámaso Alonso, Rafael Lapesa y Pedro Laín Entralgo en 1972. Ella decía que tenía como único mérito su diccionario. Pero también apostilló que si lo hubiera escrito un hombre, seguro que hubiera conseguido un puesto en la RAE. Finalmente fue elegido Emilio Alarcos Llorach, intelectual conocido en círculos minoritarios, alejado de la atención mediática del Diccionario de Uso del Español y de la entrada de la primera mujer en la institución. Cuatro años más tarde, ya por fin, sí consiguió un sillón Carmen Conde, muy consciente de que el título de primera académica le había correspondido por derecho propio a María Moliner.

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