Tras los pasos de San Úrbez

La devoción a San Úrbez en el Altoaragón desde su paso por estas tierras en el siglo VIII se ha mantenido hasta nuestros días. Numerosas son las ermitas y advocaciones religiosas de este santo de origen francés. En la actualidad también hay un resurgimiento en torno a su figura retomando el itinerario vital de su vida en la provincia. A finales de año 2013 se publicó el libro “El Camino de San Úrbez” gracias al trabajo de Óscar Ballarín y Arturo González. En él se realiza una descripción detallada de los senderos que unen los lugares donde dejó su huella este santo de origen francés, y que aparecen también ligados a las peregrinaciones, en especial a los romeros de Albella. La ruta urbeciana enlaza el Cañón de Añisclo con Huesca capital y cuenta con un recorrido de casi 150 kilómetros. Sin duda este gran sendero bien merece que fuera señalizado y potenciado. No sólo como una opción senderista más en Aragón, sino como un rescate de la memoria etnológica de la devoción a un santo, uno de los de mayor tradición montañesa durante siglos.

Óscar y Arturo han completado su trabajo durante años siguiendo la racada* del santo ermitaño editando otro libro, “A pies descalzos”. A través de sus páginas ofrecen el resultado de la investigación en torno a la vida de San Úrbez y de su devoción. Una árdua tarea en la que también ha colaborado mucha gente. Pero con la publicación de los dos libros el trabajo no se detiene ya que la pretensión es poner en valor la vida de San Úrbez a través de la creación del itinerario propuesto. Y para ello también tienen un portal en internet http://www.apiesdescalzos.es  Casi todo el trabajo ya está hecho, ahora sólo queda que la administración recoja el guante y comience con la labor que le corresponde.

*Racada. Estela, huella.

San Urbicio, conocido en Aragón como San Úrbez, nació en Burdeos a principios del siglo VIII. Su madre influyó determinantemente en la educación cristiana de su hijo. Cuando tenía quince años una guerra entre los aquitanos y los gallegos del Sil arrebata la libertad a la familia, y obliga a ser trasladados a la madre y el hijo a la fuerza a Galicia. En este periodo y con el avance de los musulmanes esta zona es conquistada, y San Úrbez y su madre pasar a ser propiedad del cabecilla moro. Su madre consiguió la libertad y volvió a Burdeos, pero el hijo no tuvo la misma suerte y siguió prisionero.

altarsanurbez
Tras numerosos ruegos consiguió la libertad. De camino a su tierra pasó por Complutum, la actual Alcalá de Henares. Desde niño su madre le había inculcado la fe en los santos Justo y Pastor. Entre los siglos III y IV fueron martirizados y muertos dos niños en esta localidad. Allí reposaban sus reliquias, las cuales se llevó San Úrbez, con el fin de protegerlas de los musulmanes que ocupaban estas tierras. A los treinta años de edad al fin vuelve a su casa, después de media vida prisionero. Estuvo muy poco con su familia, ya que decidió marchar hacia Aragón. Atravesó los Pirineos y su primera toma de contacto fue con los habitantes del pequeño pueblo de Sercué, situado en la ribera del río Bellós. Allí resistían los cristianos los envites de los musulmanes en plena ocupación de la Península Ibérica. Se ofreció a trabajar de pastor, y rápidamente comenzaron a dar que hablar sus hechos milagrosos en el ejercicio de su labor. Sin embargo ello no le gustaba, y lo que buscaba era la soledad con el fin del acercamiento a Dios. Por ello se trasladó a la población cercana de Vió donde continuó con su trabajo de pastor para otra casa del lugar. En esta época frecuentó una cueva situada en la entrada el Cañón de Añisclo conocida según la tradición como la Cueva de Sastral. Posteriormente en este lugar se construyó la ermita de San Úrbez, la cual ha llegado hasta nuestros días.

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Su fama de santidad, acrecentada por sus milagros le obligaron a abandonar esta zona y desplazarse hacia el sur. Llegó a Albella, en la ribera del río Fiscal, donde comenzó a trabajar para una de las casas más importantes de esta localidad. En su estancia de nuevo fueron numerosos los milagros que llevó a cabo con el reconocimiento por parte de los habitantes de la zona de su santidad. En esta época construyó una ermita donde acudía a rezar. De ella no se conservan restos, pero posteriormente fue levantada otra por los vecinos de la zona, lugar de devoción al santo desde entonces hasta la actualidad. Tras otros quince años de pastor por tierras aragonesas, y acosado por su fama, decide de nuevo trasladarse.

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Sigue su andadura hacia el sur y tras atravesar la sierra de Gabardón se adentra en la Guarguera. En la zona central del valle encuentra cobijo una cueva cercana al río conocida como Cueva de Salillas. Allí pudo ejercer con tranquilidad la vida eremítica que había elegido. Subsistía de una manera precaria tanto de lo que plantaba como de alguna oveja que tuvo, pero dejando el oficio de pastor. A pesar de su reclusión seguía recibiendo visitas de sus fieles.

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Cinco años después se trasladó al monasterio de San Martín de la Val d´Onsera. Emplazado en el corazón de la Sierra de Guara, su ubicación en el fondo de un barranco de paredes vertiginosas lo convierte en un lugar de lo más recóndito. Cuándo llegó San Úrbez lo habitaba una comunidad de monjes al cargo del abad Martín. Vivió como monje, aunque posiblemente realizara también retiros espirituales.

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Tras la ordenación como mosén* es enviado al valle de Nocito para fortalecer la fe cristiana en esta zona menguada de población cristiana. Se establece en una cueva situado en el monte Ayrial. Estaba situada bajo la peña O Santo, donde hace unas décadas los devotos de San Úrbez colocaron una cruz. Durante el final de su vida combinó su condición de ermitaño con el servicio religioso a los fieles de la zona. Para ello construyó una ermita en advocación a la Virgen María, situada junto al actual santuario de San Úrbez. Allí daba misa y éste fue el lugar elegido para custodiar y venerar los restos de los Santos Justo y Pastor, que llevó encima durante toda su vida desde que los tomó de Alcalá de Henares.

*Mosén: Cura, sacerdote. 

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Cuando ya contaba con ochenta años tuvo que trasladarse al entorno de la ermita ya que sus condiciones físicas no le permitían seguir viviendo en la cueva. Falleció con unos cien años, el 15 de diciembre de año 802. Su cuerpo incorrupto fue depositado junto con los restos de los santos que veneró durante toda su vida. En el año 1701 fueron trasladados al santuario. Finalmente durante la guerra civil fueron profanados y quemados.

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