Cauvaca, el triste final del río Guadalope

El río Guadalope es el segundo afluente más largo del río Ebro por la margen derecha, tras el río Jalón. Nace en la Sierra de Gúdar, en las cercanías del puerto de Sollavientos. En su primer tramo pasa por las poblaciones de Villarroya de los Pinares, Miravete de la Sierra y Aliaga. Más adelante por Castelserás y Alcañiz. Y finalmente alcanza Caspe, donde llega su triste final. Su longitud aproximada es de 160 kilómetros. Según dicen es el río mejor regulado de Aragón, y por ello el más desnaturalizado. Todo ello en contrapunto con uno de sus afluentes, el Bergantes, donde llevan años luchando por justamente lo contrario, que su río discurra con naturalidad por donde siempre lo ha hecho, sin presas que alteren su cauce.

Sin embargo en el Guadalope durante el siglo XX fueron construidos entibos*, se derivaron y retuvieron sus aguas alterando de manera notable su régimen hidrográfico y su hábitat natural. En los años treinta se hizo la presa de Santolea (43 hm3) y se terminó la estanca de Alcañiz (7 hm3), que aunque no está en el cauce se alimenta de aguas del río a través de una acequia de derivación. Y en los años ochenta se construyó el embalse de Calanda (54 hm3) y el embalse de Caspe (82 hm3). La puntilla a toda esta situación fue la construcción sobre el cauce del Ebro del embalse de Mequinenza en los años sesenta, el más conocido como Mar de Aragón por sus dimensiones. Su capacidad máxima es de 1.530 hm3, y tiene una longitud mayor al centenar de kilómetros, con un perímetro de costas de 500 kilómetros debido a su sinuoso trazado. Este mega embalse fue construido con el fin de producir electricidad, y para ello anegó 3.500 ha de huertas entre otras muchas afecciones. Pero también mutiló el tramo final del río Guadalope.

*Entibo: Embalse.

Los embalses han sido defendidos como un motor de desarrollo económico por creación de regadíos y la producción de energía eléctrica. Sin embargo se ha acallado el precio pagado directa o indirectamente por los afectados de estas grandes obras hidráulicas. Las previsiones económicas de los costes de las mismas siempre superan los presupuestos iniciales, duplicándose en muchos de los casos, sin hacer cuantificación de los beneficios de manera contable. Por lo general provocan una injusta distribución de beneficios, empobreciendo los territorios donde se ubican, beneficiando a otras zonas a veces muy distantes y fundamentalmente a sectores más ricos. Todo ello sin contar con el grave e irreparable impacto medioambiental que conllevan, de valor incalculable. Muchas de estas obras, y en concreto la del embalse de Mequinenza, se llevaron a cabo bajo la dictadura de Franco, que hizo invisibilizar la tragedia que supuso para los afectados. No sólo la desaparición de miles de hectáreas de huertas, sino también de pequeños núcleos como el barrio de Cauvaca, situado junto al Cabo de Vaca, en la desembocadura del río Guadalope. Además de los medios de subsistencia tanto de sus habitantes como los de poblaciones cercanas. Se les acalló con la mordaza del consenso social que justificaba las obras como necesarias para el progreso, pero de los demás, no de los afectados. Los tiempos han cambiado y ahora las gentes tienen más libertad para luchar por lo suyo, aún siendo minoría. Y tienen más oportunidades para defender su derecho a vivir en su tierra, y la que fue de sus antepasados, y que será de sus hijos.

Y eso es lo que pasó en Cauvaca, muy cerca de Caspe. La historia de sus habitantes ha sido recuperada con la publicación del libro “Cauvaca. El paraíso perdido”, perteneciente a la colección Tedero de la Asociación de Amigos del Castillo del Compromiso de Caspe. Su autor ha sido Alfredo Grañera. En sus páginas se pretende hacer un homenaje a los habitantes de estas fértiles tierras llenas de vida. Las aguas inundaron sus viviendas y sus campos. El barrio rural estaba formado por unas 20 torres habitadas, cuyos habitantes mantenían un estrecho contacto. Y también la ermita de San Bartolomé, una fábrica románica del siglo XII. Junto a ella estaba la escuela, cuyas puertas ya estaban abiertas a principios del siglo XX. En el año 1932 alcanzó los 43 alumnos, y se mantuvo abierta hasta que las aguas del pantano lo arrebataron todo. Se llevaron por delante las vidas, los sueños, las ilusiones y el futuro de los cauvaqueros, todo menos sus remeranzas*. El relato de sus habitantes identifica a Cauvaca como un paraíso. En general el ambiente era bueno entre ellos. A pesar de la cercanía con Caspe, a tan sólo un kilómetro, estaban aislados por el río y el ferrocarril. Allí vivían tranquilos y libres de muchas de las penurias morales y económicas que se sufrieron en la posguerra. Ello se debía en buena medida a la gran fertilidad de sus tierras, cuyas abundantes cosechas llevaban a vender a Peñalba o Candasnos.

*Remeranza: Recuerdo.

Las obras del embalse de Mequinenza afectaron de manera notable al río Guadalope en su desembocadura, junto a la población de Caspe. Su casco urbano se hubiera visto afectado seriamente por la lámina del agua, con lo que tuvo que levantarse el Dique de Caspe, junto al Cabo de Vaca. Ello derivó en la interrupción física del cauce aguas arriba que se solventó técnicamente con la construcción de una represa, o Presa de los Moros. Desde este punto el cauce natural se desvía a través de tres túneles que desembocan en el embalse de Mequinenza. Sin embargo quedaba por solucionar el problema del antiguo cauce del río. Ocho kilómetros hurtados al Guadalope, que todavía forman parte de un valle por el cual puede discurrir agua en caso de lluvia. Allí también se acumularían las aguas sobrantes de las huertas que todavía se mantendrían gracias a las acequias de este tramo. Y para ello hubo que instalar cuatro potentes bombas de achique en la parte final, junto a la presa. El objetivo era evacuar tanto el agua de las escorrenterías del riego como de la acumulación de agua en caso de tormentas, y evitar así la inundación de este espacio completamente desnaturalizado.

En este tramo sólo se ha intervenido en la zona más cercana al casco urbano, con la creación de un parque que ha eliminado cualquier rastro del antiguo cauce. A escasas distancia la carretera de acceso al casco urbano ya no precisa del puente para cruzar el río, y ahora ocupa sin ningún tipo de miramiento el cauce desaparecido del río Guadapole.

En el resto, la ausencia de actuaciones en este precioso valle por el que ya no circulan las aguas del Guadalope ha provocado que se haya convertido en una auténtica cloaca. Aguas estancadas que provocan malos olores, y espacios que se han convertido en vertederos ilegales de todo tipo de enseres. Una situación denunciada desde años por los caspolinos. La publicación del libro sobre Cauvaca ha resurgido esta demanda, y se han recogido más de 3.500 de apoyo a la causa. En los últimos años se han sucedido algunas reuniones entre administraciones para poner remedio a esta situación, aunque por el momento no se han decisiones firmes para realizar las actuaciones. Se requiere de un proyecto integral que restituya el daño ecológico realizado, con el fin de recuperar el hábitat natural perdido en la medida de lo posible. Un triste final para el Guadalope, que nunca será como antes, pero que puede devolver la dignidad a este valle ahora convertido en un sumidero.

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Segeda, la ciudad que cambió el calendario romano

La conquista de la Península Ibérica por parte de los romanos comenzó con la toma de las tierras del litoral levantino a finales del siglo III a.C. y la victoria sobre los cartagineses. Continuaron su avance hacia el interior topándose con los celtíberos. Este pueblo ocupaba las actuales provincias de Soria, Teruel, Zaragoza, Guadalajara, Cuenca y algunas zonas limítrofes. Se trataba de guerreros y ganaderos que vivían en tierras secas y áridas del interior peninsular. La expansión por el interior de los romanos tuvo lugar en el siglo II a.C. Una de las ciudades que opusieron mayor resistencia fue Segeda, perteneciente a la tribu de los bellos. Su importancia venía dada por la emisión de moneda propia, siendo el núcleo dominante del valle del Jalón.

Entre los años 181 y 179 a.C. tuvo lugar la Primera Guerra Celtibérica, una primera ofensiva en la que los romanos tuvieron muchas dificultades debido al agrupamiento de los pueblos celtibéricos. Tras la victoria romana los celtíberos firmaron el tratado de Graco en el año 179 a.C. Roma se comprometía al mantenimiento de la paz en las tierras ocupadas a cambio de cobrar peitas y no permitir la edificación en las ciudades indígenas. Además podrían mantener su autonomía, así como su sistema económico incluso permitiendo el poder acuñar moneda propia.

*Peita: Tributo, impuesto.

La paz duró sólo un cuarto de siglo. En el año 154 a.C. Segeda debido a su crecimiento, en parte por el agrupamiento de pequeños núcleos cercanos, necesitaba expandirse y comenzó a construir una nueva muralla. Enterados los romanos de este hecho fueron mandados embajadores para exigir la paralización de las obras. Los segedanos interpretaban con el acuerdo que no se podían amurallar nuevas ciudades, pero sí enamplar* los límites de una ya establecida. Ante la negación de detener las obras Roma consideró roto el tratado de paz y declaró la guerra. Y a su vez marcó el inicio de la Segunda Guerra Celtibérica, que tuvo lugar entre los años 153 y 133 a.C.

*Enamplar: Ampliar.

En lugar de ser enviado el pretor (gobernador civil) de la Hispania Citerior, se envió al cónsul Fulvio Nobilior para dirigir la guerra en Hispania. Era uno de los dos cónsules elegidos ese año los cuales tenían la potestad de legislar y dirigir las legiones. La preparación de la guerra fue extraordinaria. Se organizaron cuatro legiones de 5.000 soldados cada una, más 10.000 auxiliares. Otra de las importantes decisiones tomadas estaba marcada por la lejanía de las tierras a conquistar. Lo habitual era que los cónsules tomaran posesión durante los idus e marzo, el día 15 del mes. Era una festividad religiosa en la cual se renovaban los cargos de cónsules que eran anuales. Entonces se reclutaban, entrenaban y armaban las legiones. Ello provocaría que hasta septiembre u octubre las tropas no estuvieran preparadas para actuar en la zona del conflicto, y la climatología no sería favorable. Por ello se decidió modificar el calendario consular, que comenzaba con la elección del cónsul y adelantarlo al 1 de enero. Este hecho tuvo lugar en el año 153 a.C. y se mantuvo de manera permanente en años sucesivos. Las tropas romanas llegaron a Segeda antes de lo previsto, imposibilitando la terminación de las murallas. Sus habitantes tuvieron que pedir ayuda a los numantinos, de la vecina tribu celtíbera de los arévacos. Éstos les acogieron en Numancia, y cuando los romanos llegaron a Segeda se encontraron la ciudad totalmente vacía. El cónsul ordenó perseguir a los segedanos seguro de su victoria, sin esperar a los refuerzos que estaban desembarcando en la costa. Sin embargo los celtíberos, al mando de Caro de Segeda, les prepararon una emboscada entre ambas ciudades. Acabaron con más de la mitad del ejército romano, y las tropas tuvieron que replegarse acabando eso sí con Caro, y obligando a la retirada a los celtíberos a Numancia.
El cónsul romano, una vez llegaron los elefantes y los refuerzos decidió atacar Numancia. En el ataque uno de los elefantes recibió un impacto y su reacción hizo que asustase al resto de elefantes. En medio de este caos los celtíberos salieron de la ciudad y provocaron una dura derrota a los romanos causando 4.000 bajas y la pérdida de tres elefantes. El ejército romano pasó un duro invierno en un campamento cercano a la ciudad que provocó la diezma de efectivos y de víveres. En la primavera siguiente llegó el nuevo cónsul, Marcelo, y decidió la vuelta a Roma. Esta victoria de los celtíberos permitió la vuelta a su ciudad por parte de los habitantes de Segeda. En el año 133 a.C. fue arrasada la ciudad de Numancia, tras un asedio que duró quince meses. Y a los segedanos se les permitió levantar una nueva ciudad muy próxima a la anterior. Allí se desarrolló la actividad hasta la caída definitiva en las guerras civiles romanas de Segeda en el año 72 a.C.
La influencia de la resistencia de Segeda tuvo consecuencias históricas. Como ya se ha comentado, para poder realizar el ataque en las mejores condiciones a la ciudad indígena el Senado de Roma tuvo que modificar su calendario, adelantando el comienzo del año del 15 de marzo al 1 de enero. Con lo que el cónsul elegido ejercería a partir del año 153 a.C. sus funciones coincidiendo con el año natural actual. Aunque de manera general así se documenta, el calendario civil no está claro si se modificó por la misma causa. Es decir, los estudiosos no se ponen de acuerdo cuando se estableció que el año comenzase el 1 de enero. Podría ser con la modificación del calendario romano por Rómulo (VI a.C.), coincidir con la rebelión de Segeda (II a.C.) o incluso con la instauración del calendario juliano (I a.C.). En todo caso lo que sí está claro es que los segedanos, con su gallardía se enfrentaron a los romanos, y provocaron el cambio del calendario consular, modificando a partir de entonces la fecha de la elección de los cónsules romanos.
El calendario utilizado actualmente por la mayor parte del mundo es el calendario gregoriano que es una evolución del calendario romano. Antes hubo otros calendarios como el egipcio, que data del siglo III a.C. y basa sus cálculos en los ciclos solares. Por otra parte el calendario musulmán que todavía convive en la actualidad con el gregoriano, se basa en los ciclos lunares. El origen del calendario romano tradicionalmente se remonta a la fundación de Roma en el año 753 a.C. Su primer rey, Rómulo, creó el primer calendario basado en diez meses, Martius, Aprilis, Maius, Iunius, Quintilis, Sextilis, Septembris, Octobris, Novembris, Decembris, con una duración del año de 304 días. Su sucesor, el rey Numa, lo reformó añadiendo dos meses más, Ianuarius y Februarius. Los meses tomaban su nombre de dioses y de festividades religiosas. El año romano estaba basado en ciclos lunares, con lo que hubo que realizar numerosos ajustes a lo largo de los años modificando el número de días de los meses, incluso añadiendo un mes de manera puntual para ajustarlo al año solar, llamado Mercedonius.
La reforma más importante en el calendario tuvo lugar gracias al Julio César, que creó el calendario juliano. Encargó su elaboración en el año 45 a.C. al astrónomo alejandrino Sosígenes. La duración estimada del año fue de 365 días y seis horas. Un cálculo asombroso con un error de tan sólo 11 minutos y 9 segundos al año, teniendo en cuanto la escasa tecnología de la época. Se estableció también el año bisiesto, es decir, que cada cuatro años hubiera un día más para ajustar el calendario en días completos. En cuanto a la denominación de los meses, a su muerte Quintilis pasó a denominarse Iulius, así como durante el mandato de Octavio Augusto, Sextilis se cambió por Augustus.
El Papa Gregorio XIII realizó una reforma creando el actual calendario gregoriano para ajustarlo todavía más. Fueron encargados Luis Lilio y el jesuita Chistopher Clavius en el año 1582. Fundamentalmente, debido al adelanto del equinoccio de primavera fueron suprimidos diez días en octubre del mismo año. Y para mantener este ajuste en el tiempo fueron suprimidos algunos años bisiestos. De esta manera las aproximaciones de este calendario tienen un desfase de 1 día cada 3.300 años, frente al calendario juliano, de 1 día cada 127 años. En cuanto a su implantación, en primer lugar fue en España, Italia y Portugal. Fue adoptado en los años sucesivos en los países católicos, y progresivamente en el resto de otras confesiones religiosas, pero en algunos casos este cambio se produjo siglos después. En la actualidad es el calendario civil más extendido en el mundo.
Segeda fue una importante ciudad ubicada en la comarca Comunidad de Calatayud, de origen anterior a la ocupación romana. Su nombre, Sekaida, podría significar la “poderosa”. De hecho fue una de las ciudades más importante de la Celtiberia. Y el nombre de origen celta es la transcripción del nombre que figura en las monedas que emitieron. Llegaron a realizar seis emisiones entre los siglos II y I a.C., en bronce y plata. Fueron utilizadas tanto para el uso local como para pagar los tributos a los romanos. En las monedas se representaban cabezas de lobo, jinetes, bustos de personas y otras representaciones según las emisiones o el tipo de monedas.


Segeda en realidad cuenta con dos yacimientos arqueológicos separados por un kilómetro de distancia. Se trata de la ciudad vieja, en la época de dominación celtíbera, y la ciudad nueva, bajo el dominio romano. El primer emplazamiento está situado en una elevación cerca del pueblo de Mara. Fue descubierto por Francisco Murillo y M. Ostalé en 1984. En cuanto al segundo yacimiento, está situado cerca del pueblo de Belmonte de Gracián. Este fue identificado por Adolf Chulten mediante unas excavaciones en 1933.
Segeda I, la ciudad vieja, es también conocido como Poyo de Mara. Aunque se desconoce su fundación, por la emisión de monedas se sabe que existió en la primera mitad del siglo II a.C. Su abandono se produce con el ataque de los romanos en el año 153 a.C., momento en que los segedenses se trasladan a Numancia. Se accede tomando una carretera asfaltada a la izquierda poco antes de llegar a Mara. Después debe tomarse un camino a la derecha que se acerca al cerro donde se emplaza el yacimiento. Un lugar elevado unos treinta metros sobre el terreno que lo rodea, siendo un emplazamiento estratégico en el valle. La ciudad se asentó en la cumbre y sus laderas de manera escalonada, extendiéndose por las zonas aledañas hasta alcanzar una extensión de unas 17 Ha. Durante las excavaciones se han descubierto en diferentes puntos viviendas, una de las cuales cuenta con un lagar y otra con un horno de fundición de hierro. Estaban compuestas de una planta con muros de piedra recrecidos con adobe o tapial. La evolución de la población queda de manifiesto con el descubrimiento de una mansión de unos 300 m2 que se articula en torno al patio descubierto. Es conocida por haberse encontrado un estrigilo, una pieza metálica para aplicarse ungüentos y para la limpieza de la piel, al gusto romano y griego. El elemento más visible para el visitante es la muralla. Se trata de nueve metros de longitud formado por piedras calizas de gran tamaño, con una anchura superior a cuatro metros. Parece ser que estaba a mitad de construir, por lo que se deduce que se trata de la muralla que provocó el enfrentamiento entre celtíberos y romanos. Otro de los escasos lugares visibles en la visita es el santuario, una plataforma ligeramente elevada en la periferia de la ciudad. Está cercado por muros y su superficie cuenta con grandes losas de yeso. Según los estudios realizados podría tratarse de un santuario celtibérico, que fue construido alineado con el solsticio de verano, los equinoccios, el norte astronómico y la parada mayor de la luna. Se trata del único calendario de ciclo lunisolar conservado desde la antigüedad en todo el Mediterráneo. Su hallazgo remarca el interés de los celtíberos por conocer los movimientos del sol y la luna como manera de medir el tiempo. Junto al yacimiento se ha habilitado un recinto para la reconstrucción de algunos edificios excavados, como las casa del lagar, así como otras halladas.

En cuanto a Segeda II, la ciudad nueva, también se le conoce por su ubicación, el Durón de Belmonte. Fue construida bajo los auspicios de Roma, a un kilómetro de la anterior. Erigida en una zona llana, tras la destrucción de Numancia, momento en que finaliza la segunda guerra celtibérica. Por ello se puede datar entre finales del siglo II a. C. hasta su destrucción sobre el año 72 a.C. Ello ocurrió durante las guerras civiles romanas las poblaciones indígenas del valle del Ebro tomaron partido por Sertorio, el cual fue derrotado. De las excavaciones se conserva un tramo de la muralla de cuatro metros de anchura, la cual marca un espacio interno cuadrangular urbanizado con calles rectas al estilo romano, ocupando unas unas 16 Ha. Se completa con un amplio foso de unos 45 metros de anchura, en buena parte colmatado.

Aparte de los dos yacimientos de Segeda, también hubo un tercer emplazamiento, el del campamento romano que sitió la ciudad, ubicado en los Planos de Mara.

A pesar de la importancia de este enclave aragonés para la historia de la Península Ibérica, en la actualidad está azotada por el abandono del Gobierno de Aragón. Una ciudad que fue capaz de modificar el calendario consular y de retar a Roma, uno de los imperios más importantes de la historia. Un yacimiento muy importante y de grandes dimensiones, que engloba dos ciudades con una superficie mayor de 30 ha están sumidas en el más completo olvido. Los trabajos de investigación comenzaron en los años ochenta por Francisco Burillo, catedrático de Prehistoria de la Universidad de Zaragoza. Sin embargo la época más intensa en cuanto a las excavaciones tuvo lugar entre 2004 y 2011. Entonces el equipo de trabajo contó con un presupuesto que llegó a contar con unos 300.000 de euros de presupuesto anual y unas 30 personas. Se creó una fundación y se comenzaron a realizar actividades de divulgación científica y lúdica. Por una parte se desarrolló un trabajo de arqueología experimental con la reproducción del lagar mediante la fabricación de 5.000 adobes. Asimismo se organizaron dos fiestas anuales coincidiendo con Idus de Marzo y la Vulcanalia. Con la llegada de la crisis desaparecieron los fondos de patrimonio cultural, y tuvo que disolverse la fundación, lo que conllevó la paralización de las excavaciones. En la actualidad los yacimientos se encuentran completamente abandonados, con los restos de materiales de protección mezclados con los restos arqueológicos. Los accesos a los yacimientos carecen de señalización alguna, y constan de una precaria pista en el caso de Segeda I. En el yacimiento se conservan un módulo prefabricado y un contenedor empleados en su día y ahora ya degradados. Solamente la zona reconstruida se conserva en regular estado, ya que cuenta con un recinto vallado. Acceder a lo que se conserva de Segeda II todavía es más complicado, ya que la muralla forma parte de un talud entre dos campos, sin acceso rodado, y de difícil acceso y localización incluso a pie.

En la actualidad se mantienen las dos fiestas históricas. La primera de ella son los Idus de Marzo, el domingo más cercano al 15 de marzo, con la llegada de la primavera. Esa fecha era la elegida por Roma para la elección anual de sus cónsules, y que fue modificada para poder atacar a Segeda y trasladada al 1 de enero. La Asociación Cultural Mara Celtibérica es la encargada de la organización de los actos con la colaboración del ayuntamiento de Mara. En ella se hacen recreaciones de indumentaria, mercadillos, talleres, comidas popular a base de alimentos de la época, etc. Y con la caída del sol se celebra el ritual solar de saludo a la primavera, que se culmina con un fuego purificador. La segunda cita festiva tiene lugar el sábado más cercano al 23 de agosto, día de Vulcano. En ella se vuelven a realizar talleres, visitas al yacimiento, etc. El acto central es la recreación de la batalla que tuvo lugar esta fecha entre el ejército romano, con 30.000 soldados, y el celtibérico compuesto por segedenses y numantinos que no alcanzaba los 25.000 hombres al mando de Caro de Segeda. La batalla concluyó con la derrota de los romanos y la pérdida de 6.000 soldados romanos.

Ababuj, el primero de la lista

Esta pequeña localidad turolense ostenta el primer puesto en la lista de municipios aragoneses por orden alfabético. Y sin tener en cuenta los 24 primeros municipios que incluyen el artículo en gallego, como A Coruña, Ababuj también es el primero de los municipios españoles.

Está situado en la cabecera del río Alfambra, y al borde gran barranco formado por el río Seco, afluente del anterior. En las cercanías se alza la Sierra del Pobo y un poco más al sur la Sierra de Gúdar. El enclave se alza a 1.368 metros de altitud, uno de los más altos de Aragón. Su casco urbano se asienta de manera longitudinal en torno a la quebrada travesía de la carretera carretera TE-V-8001 que parte del Puerto de Cabigordo y comunica con Aguilar de Alfambra. La distancia a la capital turolense es de 37 kilómetros.

El origen del actual asentamiento pudo ser una fortificación de la cual se conservan todavía algunos restos y su antigua torre vigía. En el año 1177 el rey Alfonso II de Aragón otorgó los Fueros de Teruel a la ciudad recién conquistada. El objetivo era reforzar la frontera sur del reino de Aragón frente a la amenaza musulmana. Para asentar la población en la extremadura aragonesa fueron surgiendo aldeas en torno a la ciudad, que una vez se fueron desvinculando de la misma se integraron en la Comunidad de Aldeas de Teruel. La primera referencia documental de la comunidad es de 1277, contando entonces con 80 aldeas agrupadas en sesmas. En la Sesma de Monteagudo estaba incluida Fabbatux, como entonces era conocida Ababuj. Las aldeas debían pagar una cantidad de 7.000 sueldos anuales al Rey además de otras cantidades adicionales al Concejo de Teruel. Su órgano de gobierno era la plega general, donde se reunían los oficiales de la Comunidad y los procuradores invitados por los concejos de las aldeas. El nombre de la localidad fue sufriendo diferentes modificaciones con el paso de los siglos. En el año 1385, reinando Pedro IV el Ceremonioso, figura como Ababuix. En 1543 es nombrada como Fabaux, bajo el reinado del emperador Carlos V. Y finalmente en 1722 figura documentalmente como Ababuj sin producirse cambios hasta la actualidad.

En lo jurisdiccional Ababuj era un pueblo de realengo, dependiendo del Reino de Aragón. No tuvo ayuntamiento independiente hasta 1834, siendo hasta entonces representado por un alcalde pedáneo nombrado por la Comunidad de Aldeas de Teruel. En lo eclesiástico perteneció al Arzobispado de Zaragoza hasta 1577. Tras la creación de la diócesis de Teruel en esa fecha Ababuj se integró en ella. En cuanto a su población no fue muy numerosa debido a sus condiciones geográficas, tierra de labor poco productiva y agreste ubicada a gran altitud, más idónea para situar en ella un lugar defensivo. Por ello su mayor población se alcanzó en 1857, cuando aparecen censados 455 habitantes según los datos de diccionario de Madoz. Su regresión ha sido continua hasta alcanzar en el censo de 2016 una población de 76 habitantes.

Antes de alcanzar las primeras casas se pasa junto a la ermita de Santa Ana. Es un edificio de mampostería y cantería levantado en el siglo XVII. Se compone de una nave que se cubre con bóveda de medio cañón con lunetos, con el altar cubierto con bóveda en forma de concha. Se antecede de loncheta* sobre columnas de piedra, con alero de madera, conservando el pavimento de cantos rodados de río.

*Loncheta: Atrio, porche.

El casco urbano se agrupa a los pies de la peña donde se ubica el castillo. La carretera serpentea hasta alcanzar la calle Mayor, con la que coincide una vez gira bruscamente en torno al edificio del ayuntamiento. A escasa distancia se alza la iglesia de Santa Ana, levantada en el siglo XVI. Este edificio está compuesto de tres naves y se culmina con cabecera poligonal. Las naves se cubren con bóveda de medio cañón con lunetos. Destaca entre las capillas laterales una llevada a cabo en el siglo XVIII, de planta octogonal. La portada responde al estilo plateresco y se guarece con un arco de medio punto. Se compone de dos cuerpos, con arco de medio punto de dovelas decoradas flanqueado por pilastras; el cuerpo superior tiene tres hornacinas que se cubren con frontón. La torre es de factura reciente. Cuenta con planta cuadrada y se alza en dos cuerpos. El inferior y de mayor altura es de mampostería. El superior es de ladrillo, y en cada uno de sus costados se abren tres estrechos vanos de medio punto bozaus*.

*Bozar: Tapar, cegar.

Desde la parte baja de la parroquial parte una calle que se encamina a una zona rocosa. Allí se ubican las ruinas de la ermita de Santa Bárbara, y una magnífica torre defensiva. En cuanto a la ermita se trata de una construcción de mampostería de planta rectangular, fechable en el siglo XVI. La techumbre de madera se apoyaba en arcos fajones de los cuales se conservan únicamente los arranques tras el desplome de la cubierta.

Respecto a torre vigía, se situa a escasos metros. Fue construida en piedra de sillar en el siglo XIV. Se alza en planta cuadrada, de seis metros y medio de lado. Se corona a 15 metros de altura con restos de las almenas. Al interior ya no conserva las cubiertas ni los suelos de las diferentes plantas. Si que conserva una puerta en alto, de arco ligeramente apuntado, así como vanos de medio punto en la parte alta, uno por costado excepto uno que tiene dos.

Desde este punto se divisa la magnitud del desfiladero formado por el río Seco, de trazado sinuoso en torno al casco urbano. Los materiales calizos que lo forman se combinan con las riberas de chopos en el fondo del valle. Tanto en este río como en su afluente, el río Alfambra, se localizan los chopos cabeceros. Se trata de ejemplares de chopo negro, los cuales mediante la práctica del trasmocho, ofrecen un singular aspecto. La poda periódica por parte del hombre ha creado árboles con troncos de gran diámetro, a partir de los cuales crecen tras el corte ramas rectilínias de gran longitud utilizadas para la construcción entre otros muchos usos.

Otro de los puntos de interés de la localidad es su yacimiento de icnitas, descubierto hace dos décadas siendo uno de los primeros yacimientos de icnitas descritos en Aragón. Está situado a unos dos kilómetros de Ababuj, a ambos lados de la carretera que conduce a Aguilar de Alfambra. Allí se pueden encontrar 25 huellas de dinosaurios fosilizadas, fechables hace 145 millones de años en la historia, entre los periodos Jurásico y Cretácico. Una veintena son de forma ovalada y corresponden probablemente a saurópodos. Son de diferente tamaño, lo cual evidencia que aunque algunas responden al rastro de un mismo individuo, el resto corresponden a diferentes ejemplares. Otras 5 huellas son tridáctilas y responden a terópodos.

Esconjuraderos, lugares donde ahuyentar tormentas

En los Pirineos hay numerosos espacios destinados a un fin común: ahuyentar las tronadas*. Se trata de un curioso aspecto de la cultura y tradiciones pirenaicas. Una tormenta, con lluvia intensa, granizo, vientos huracanados y con impacto de rayos, podían en tan sólo unos minutos afectar seriamente a los cultivos, el ganado, la casa o incluso a las propias personas. Haciendas que había costado mucho trabajo conseguir y que eran imprescindibles para el sostenimiento de la economía rural.
*Tronada:Tormenta.

Para defenderse de las inclemencias del tiempo se recurría a las creencias populares. Había rituales no sólo para defenderse de las afecciones meteorológicas, sino también de todo tipo de fuerzas consideradas sobrenaturales que afectaban a la supervivencia y la salud. El Museo de Creencias y Religiosidad Popular del Pirineo Central, ubicado en Abizanda, ofrece un amplio recorrido por el complejo mundo de la magia y la superstición, que después fue incluido en la religión cristiana. En sus instalaciones muestra amuletos utilizados para proteger la casa, el individuo y la comunidad, así como los ganados y los campos. Ejemplos conocidos son los espantabrujas, situados en la parte alta de las chimeneas, o los cardos y patas de animales colocados en las puertas de las casas.
Desde tiempos ancestrales hubo personas con poderes especiales que con sus conjuros eran capaces de que las tormentas se alejaran de la población a la que debían proteger. Su poder podía llegar a controlar el lugar donde descargar todo su potencial. Estas tradiciones de origen pagano que tenían por objeto el control de la naturaleza por parte del ser humano fueron cristianizadas poco a poco por la Iglesia, incorporándose a la liturgia católica. La oración y los conjuros eran las únicas herramientas para luchar contra los efectos devastadores del tiempo. A pesar del desarrollo de la ciencia, en la actualidad el hombre no ha sido capaz de controlar eficazmente sus efectos, aunque sí predecirlas con cierta precisión.

Tradicionalmente se repicaban las campanas para combatir las tormentas. Todos los campanarios solían contar con una campana dedicada a Santa Bárbara, abogada contra las tormentas. A partir del siglo XVI ya aparecen documentados los esconjuros practicados en los pórticos, ventanas o campanarios de las iglesias. Entre los siglos XVI y XVII surgieron además pequeñas construcciones cubiertas desligadas de ellas, pero a escasa distancia. Su función era celebrar los rituales para ahuyentar las tormentas, aunque también las plagas y otros peligros para las cosechas. Su ubicación ofrecía amplias panorámicas desde donde los sacerdotes practicaban los conjuros.

En Aragón, y en concreto en la comarca del Sobrarbe se concentra la mayor parte de estas construcciones. Aquí son conocidas con el nombre esconjuraderos, que deriva del término aragonés esconchurar o esconjurar*. También hay algunos ejemplos en Cataluña llamados comunidors, con similares funciones. Y puede encontrarse algún ejemplo en la vertiente francesa.
*Esconjurar: Conjurar.

En cuanto a su tipología, los esconjuraderos aragoneses son pequeñas construcciones de planta cuadrada por lo general, con vanos de medio punto abiertos a los cuatro puntos cardinales. Fueron construidos en mampostería y piedra en los arcos. Se cubren con bóveda esquifada, semiesférica o por aproximación de hiladas, recubierta al exterior por losa de piedra en la zona pirenaica o teja árabe en el Prepirineo. En cuanto al pavimento puede ser de lajas de piedra, ladrillo o cantos rodados.
En la comarca del Sobrarbe contamos con ejemplos de esconjuraderos en Asín de Broto, Almazorre, Guaso, San Vicente de Labuerda, Mediano, Burgasé, Campol y El Pueyo de Araguás. En la comarca de la Jacetania en Baraguás. En el Somontano de Barbastro en Adahuesca y Alquézar. Y en la Hoya de Huesca la Cruz Blanca y la Cruz Cubierta en la Sierra de Guara.

El esconjuradero de Guaso está en una ubicación privilegiada. Situado en el barrio del Tozal, el más importante de los que forman la localidad, a escasa distancia de la iglesia parroquial de origen románico. Y cerca de Aínsa/L´Aínsa, a una distancia de unos seis kilómetros. Desde este punto hay magníficas vistas del valle del Ara, así como de la Peña Montañesa/Picón d´o Libro y Tres Serores/Treserols. Se trata de una construcción cuadrada abierta con cuatro arcadas de medio punto y cubierto con tejado cónico de losas.

Remontando el valle del río Ara, y tras pasar Fiscal, parte la carretera local que conduce a la pequeña localidad de Asín de Broto. Su esconjurador, como es conocido aquí, sirve da acceso al recinto formado por la iglesia parroquial y el cementerio. En este caso su estructura difiere del resto ya que cuenta con planta rectangular. Enfrentados se abren dos arcos de medio punto. Cuenta además con otro arco de medio punto completo, y dos más a modo de ventanas. En uno de los costados se encuentra el cementerio en un pleno elevado con lo que no cuenta con abertura. Se cubre con bóveda apuntada, y al exterior con tejado de losetas a dos aguas. Recientemente ha sido restaurado.

Otro espacio para ahuyentar tormentas está situado en San Vicente de Labuerda. Este pequeño pueblo se encuentra a siete kilómetros de Aínsa/L´Aínsa remontando el valle del Cinca, y tomando un desvío desde Labuerda. La única calle deja ya a las afueras en en el recinto formado por la iglesia románica, el cementerio y la casa abacial. El acceso al mismo lo constituye el propio esconjuradero. Un pequeño templete cuadrado con cuatro arcos de medio punto, uno de ellos adosado al cementerio. Se cubre con tejado a cuatro aguas cubierto con losas. En libros antiguos se ha conservado un texto de los que aquí se utilizaban durante los conjuros: “Boiretas en San Bizién y Labuerda: no apedregaráz cuando lleguéz t’Araguás: ¡zi! ¡zas!”.

El último de los ejemplares mejor conservados está situado en la cabecera del río Vero, se encuentra la localidad de Almazorre. En el barrio alto, y en un extremo del recinto formado por la iglesia parroquial y la casa abacial, se emplaza otro bello ejemplo de esconjuradero. Tiene planta cuadrada y se accede al interior a través de una puerta de arco rebajado. En el resto de muros se abren vanos rebajados a modo de ventanas. Se cubre con bóveda de aproximación de hiladas y un esbelto tejado cónico a base de losetas al exterior.

Resistiendo no sólo las inclemencias meteorológicas, sino también sumergiéndose todos los años bajo las aguas del embalse de Mediano se encuentra otro de los esconjuraderos. Sólo es visible durante el estío ya que está bajo la cota máxima del pantano, de la cual sí que sobresale la parte alta de la iglesia parroquial de Mediano, situada a escasos metros. Su estructura responde a la misma tipología, con cuatro arcos de medio punto en dirección a los puntos cardinales. Sólo uno de ellos es completo, a modo de puerta, y el resto son ventanas. Se conserva la cúpula por aproximación de hiladas, pero carece del tejado original debido a su regular estado de conservación. Su antigua ubicación, al borde del barranco que perfilaba el casco urbano hace que sea un excelente emplazamiento, a pesar de en la actualidad las aguas represadas del Cinca impidan apreciarlo.

La lista engrosa algunos que están en estado de ruina si no se interviene de manera rápida. Apuntalado se encuentra el esconjuradero de Burgasé. Esta localidad perteneciente al valle de la Solana, se encuentra despoblada como la mayor parte de las aldeas pertenecientes al mismo valle. Todas ellas se emplazan en torno al río Cajol, afluente del Ara por su margen izquierda. En cuanto al esconjuradero es el único en el que figura la fecha de construcción en uno de sus sillares, 1613. Se emplaza a pocos metros de la iglesia parroquial. Tiene planta cuadrada y el acceso de arco de medio punto. En el resto de los muros se abrían vanos rebajados, ahora tapiados. Se cubre con bóveda esquifada y con tejado de loseta a cuatro aguas. En su interior se conserva el pavimento con cantos rodados realizando figuras geométricas. Otra de sus singularidades es que bajo al mismo cuenta con una pequeña cámara abovedada que servía para recoger el agua de la calle y dar servicio a los huertos cercanos.

En el caso del Pueyo de Araguás su singularidad radica en que está situado sobre el cuerpo de campanas de la torre de la iglesia parroquial. Su estructura es similar a los anteriores, con planta cuadrangular y cuatro aberturas, tres de medio punto y un cuarto adintelado. Se cubre con bóveda esquifada al interior, y tejado de cuatro aguas de loseta.

El esconjuradero de Campol sufrió peor destino, ya que tras su ruina fue reconvertido en un almacén, modificando su estructura con dos puertas adinteladas. Es el último de lista de los ubicados en la comarca del Sobrarbe.

En la comarca de la Jacetania se encuentra el esconjuradero de Baraguás, el cual fue recuperado hace algunos años. Fue construido en 1652 y se trata de un edificio exento que tiene aspecto de torre, situado en las inmediaciones de la iglesia parroquial y del cementerio. En su cuerpo alto se abren cuatro vanos adintelados. Se cubre con tejado de madera recubierto con pizarra en forma de chapitel.

En la Hoya de Huesca se pueden encontrar otros dos ejemplos de esconjuraderos, en plena Sierra de Guara. El primero de ellos conocido como la Cruz Cubierta se emplaza en un cruce de caminos, entre el embalse de Vadiello y la ermita de San Cosme y San Damián. Cuenta con planta cuadrangular y se abre a los cuatro puntos cardinales por arcos de medio punto completos. Se cubre con bóveda semiesférica, y al exterior por cubierta de teja a cuatro aguas. En cuanto al segundo, la Cruz Blanca, se trata del esconjuradero de mayores dimensiones, contando con unos seis metros de lado, el doble de lo habitual. Se puede acceder a través de la pista anterior, o también tomando el acceso al embalse de Calcón, y antes de llegar tomando una pista a mano izquierda. Se abre con arcos de medio punto en tres de sus costados, dos de manera completa y otra a modo de ventana. Se cubre con bóveda semiesférica y al exterior con techumbre a cuatro aguas de teja.

Y finalmente en la comarca del Somontano aparecen los dos últimos esconjuraderos aragoneses. En el conjunto de la colegiata de Alquézar aparece semioculto en el recinto amurallado su esconjuradero. La torre central de la muralla alberga en su parte alta el espacio para ahuyentar las tormentas. Fue construida en el siglo XVI y recrecida en el siglo XVIII en ladrillo para albergar este fin. En su origen contaba con tres arcos de medio punto en cada lado, excepto en el costado donde se emplazaba el acceso adintelado. Se cubre la torre con cubierta de teja de cuatro aguas. Recientemente ha sido acondicionado su interior para albergar lavabos públicos. En el caso de Adahuesca, el esconjuradero forma parte del conjunto de la iglesia parroquial, situándose sobre la sacristía.

Miliarios en Aragón, marcando las distancias en las vías romanas

Un miliario, también conocido como piedra miliar, es una columna generalmente cilíndrica que se colocaba al borde de las calzadas romanas. Su función era informar de la ubicación y señalar las distancias a grandes ciudades. También era un instrumento de propaganda política, remarcando el emperador que había realizado la obra. Estaban situados cada milla romana. Esta distancia es igual a mil pasos romanos, con la peculiaridad de que ellos contaban un paso como el ciclo completo de un pie, es decir el movimiento de un pie mientras está apoyado el contrario. Esto equivale a una garrada*, o dos pasos de los contemplados en la actualidad. Esta distancia equivale a unos 1.480 metros aproximadamente.
*Garrada: Zancada.

Su altura oscilaba entre los dos y cuatro metros de altura, y su diámetro variaba entre 50 y 80 centímetros. En ellos aparecen inscripciones siguiendo las mismas pautas. En primer lugar el nombre del emperador bajo el cual se había construido o modificado la vía romana. En segundo lugar la distancia a Roma o a la ciudad más importante de la calzada. En tercer lugar el gobernador o unidad militar encargado de realizar las obras. Y finalmente aparecía el término “refecit” o “reparavit” si se trataba de una obra de reparación. Los primeros miliarios conocidos corresponden al periodo final de la República romana, que finalizó el año 27 a.C. La mayor parte corresponden a los siglos I y II, y en menor medida a siglos posteriores. Con las invasiones bárbaras se produjo la caída el Imperio Romano y dejaron de colocarse debido a la falta del mantenimiento de las calzadas romanas.

Las calzadas fueron esenciales para la conquista romana de nuevos territorios. Por ellas además de personas se introdujeron la cultura y política romana. Aragón fue una cruzillada* de vías romanas del nordeste de Hispania. En la época inicial el sistema de comunicaciones romano en el Valle del Ebro se articuló en torno a Ilerda. Desde allí partían las rutas hacia Osca y Celsa. Ésta última tenía un valor estratégico considerable, ya que contaba con un puente para atravesar el río Ebro. Con la fundación de Caesaraugusta hacia el año 19 a.C. y la construcción de un nuevo puente se modifican todos los esquemas viarios. La nueva colonia romana se convierte en uno de los nudos de comunicación más importantes de Hispania.
*Cruzillada: Encrucijada.

Gracias a las fuentes escritas y arqueológicas se puede componer un esquema del sistema viario romano en Aragón. Una de las primeras calzadas construidas fue la Vía Augusta, entre Ilerda y Celsa, una vez fundada esta colonia en el año 4 a.C. Pero posteriormente la ruta Ilerda-Osca-Caesaraugusta se convirtió en la ruta principal. Atravesaba tierras aragonesas procedente de Ilerda, pasaba por Pertusa en dirección a Osca y cruzaba el Ebro a través del puente situado en Caesaraugusta. Desde la capital del Ebro partían dos vías de comunicación con Pamplona, Caesaraugusta-Pompaelo. Una de ellas atravesaba la comarca de las Cinco Villas en dirección al norte, mientras que la segunda de ellas pasaba por la ciudad de Cara (Santacara, Navarra). En dirección a Las Galias y atravesando el Pirineo estaba la vía Caesaraugusta-Beneharnum. Discurría por el Gállego, y atravesaba la cordillera por el puerto de Palo, en el valle de Hecho, o por el actual puerto de Somport. Aunque otros estudios sitúan el trazado de esta vía por las Cinco Villas coincidiendo con la vía romana hacia Pompaelo, y después recorriendo el valle formado por el río Aragón. Otra de las rutas principales, Asturica-Caesaraugusta, pasaba por Bursau (Borja) y Turiaso (Tarazona). Por la ribera del Jalón pasaba la ruta Caesaraugusta-Emérita Augusta pasando por Bílbilis (Calatayud) y Arcóbriga (Monreal de Ariza). Hacia el sur estaba trazada la Vía Laminium, que conectaba Caesaraugusta con Laminio, en Ciudad Real. Finalmente entre las vías principales cabe también añadir la que discurría por el Bajo Aragón en dirección a la costa levantina, que tenía como punto de partida Contrebia Belaisca (Botorrita) y pasaba por Leonica (Mazaléon). Al conjunto de vías principales se añadían otras secundarias que permitían la organización del resto del territorio, comunicando los pequeños núcleos y villas. Aunque en el interior el transporte fundamentalmente se realizaba por las calzadas romanas, también existió el tráfico de mercancías a través del río Ebro. La existencia de esta vía fluvial queda atestiguada por los restos del puerto fluvial de Caesaraugusta. Esta comunicación en conexión con el Mar Mediterráneo tenía la ventaja de ser más fluida y rápida, y además enlazaba con esta importante ciudad en el nudo de comunicación terrestre más importante del noreste de Hispania.


Los restos arqueológicos de la calzada romana propiamente dicha son escasos en Aragón. Sin embargo son abundantes los restos de miliarios, que permiten confirmar el paso de las vías, pero sólo en algunos de los tramos. La mayor concentración de miliarios en Aragón tiene lugar en las Cinco Villas, perteneciente a la vía que comunicaba Caesaragusta y Pompaelo. El primero de ellos es el Miliario de Tiberio, encontrado cerca de Castejón de Valdejasa. Figura en su inscripción la mención a Tiburio quién reparó la vía, que fue trazada por su padre César Augusto. Corresponde la milla XXXV. Se encuentra el Museo Provincial de Zaragoza. El Miliario de Augusto, fue encontrado en el barranco de Valdecarro, cerca del castillo de Sora. En su inscripción menciona a César Augusto y a la legión X Gemina. Corresponde a la milla XXXIIX. Se encuentra en dependencias del ayuntamiento de Ejea de los Caballeros. La tercera piedra miliar de la zona, el Miliario de Tiberio, fue encontrado muy cerca del anterior, y nombra a Tiberio. Se encuentra el Museo Provincial de Zaragoza. Avanzando en la vía romana se alcanza el tramo más abundante en cuanto a restos. El Miliario de Layana fue encontrado cerca de la localidad. Se conserva sólo una parte del mismo donde se puede leer la inscripción referente el emperador Treboniano Galo. Está depositado en el Museo Provincial de Zaragoza. Avanzando por la vía, se alcanza la zona más abundante en restos arqueológicos hallados. Los Miliarios de Sádaba, Castiliscar, Sofuentes y Sos del Rey Católico son un conjunto de una veintena de piedras miliares. Buena parte de ellos fueron cedidos en depósito al Castillo de Javier, y después trasladados al Museo de Navarra. En ellos se nombra Augusto, Adriano, Tiberio, Treboliano Galo, Numeriano, Valeriano, Victorino, Caracalla, Carino, Constantino, Constancio Cloro y Licino. Debido a su estado de deterioro, y al no encontrarse íntegros, sólo se han podido ubicar la posición de cuatro de ellos, correspondientes a las millas LXV, LXIIX, LXX y LXXV. Y según algunos estudios el trazado de la vía Caesaraugusta-Beneharnum coincidía con este trazado, recorriendo el valle del Aragón y después atravesaba el puerto de Palo. A los pies de este dificultoso paso pirenaico, en el monasterio de Siresa, se conserva una lápida conmemorativa en mármol blanco fechada en el año 383. En ella se relata los problemas de mantenimiento de la vía romana, “Viam Famosam” que atravesaba el puerto de Palo “Summo Pyreneo”. Sin embargo el actual puerto del Somport era un paso mucho más fácil, y su actual nombre parece derivar de este término. A escasos metros de la frontera fue encontrado el Miliario de Somport que se conserva en un museo de Olorón.

En la vía romana procedente de Ilerda y en dirección a Osca se han encontrado tres piedras miliares. El Miliario de Tamarite de Litera fue encontrado en la partida Valbona, muy cerca de tierras catalanas. En la inscripción hace referencia a Tiberio, y marca la milla 246. Se encuentra en el Museo Arqueológico de Estudios Ilerdenses. El Miliario de Binaced fue hallado en la partida Torredella. Es de la época de Valeriano. Se encuentra en los jardines de una finca particular de la localidad. El tercero de ellos fue encontrado cerca de la carretera que une Ilche y Berbegal, y aporta escasa información ya que son escasas las letras esculpidas que se pueden leer, aunque sirve para localizar el paso de la calzada romana. Se conserva en el Museo Provincial de Zaragoza.

En el trazado de la vía Augusta que conectaba Ilerda con Celsa se han encontrado restos de varios miliarios. En Torrente de Cinca fueron encontrados tres de ellos por Juan Bautista Labaña en 1611. También encontró otra piedra miliar en la ermita de San Bartolomé en Candasnos. Se sabe de su existencia por los dibujos realizados, aunque estén desaparecidos los miliarios. En Cardiel fue hallado otro, el cual lo conserva su descubridor Aurelio Izquierdo. Y en Peñalba fue encontrado otro más, que también está desaparecido. A todos ellos se ha añadido más recientemente uno que con toda probabilidad fuera encontrado en las inmediaciones de Villa Fortunatus, en Fraga. Se conserva una pequeña parte y está depositado en una vivienda de La Iglesuela del Cid.

Otros miliarios encontrados de manera aislada son el Miliario de Domiciano, en Lucena de Jalón, cerca de Nertóbriga (La Almunia de Doña Godina). Y finalmente el Miliario de Augusto, hallado en Gallur. Este último es un fragmento que no está localizado en la actualidad.

Del sistema viario romano en Aragón, además de los restos de los miliarios, todavía se conserva la huella dejada en el topónimo de unas cuantas localidades. De los términos latinos “tertius”, “quartus”, “quintus”, “septimus”, “octavus” y “nonus” han derivado los nombres de algunos pueblos aragoneses. Están ubicados en torno a las dos ciudades romanas más importantes. En los alrededores de Huesca, la antigua Osca romana, se encuentran Tierz, Cuarte, Siétamo y Nueno. En la vía secundaria que comunicaba Osca con Barbastro estaban situadas dos de ellos. El topónimo de Tierz proviene de “tertium milliarium”. Esta ubicada la localidad a tres millas de Osca, a unos cuatro kilómetros y medio distancia. En la actualidad este pequeño pueblo ha sufrido un aumento demográfico notable debido a la cercanía de la capital oscense, con la construcción de un buen número de viviendas unifamiliares, acompañadas de otros equipamientos. El núcleo principal cuenta con una pequeña plaza donde se alza la modesta iglesia de la Asunción.

Más adelante, en la misma calzada romana, está Siétamo que hace referencia al “septimum milliarium” de los romanos, a unos 10 kilómetros y medio de Huesca. En este lugar estuvo el palacio-castillo del conde de Aranda, lugar de nacimiento en 1718 Pedro Pablo Abarca de Bolea, noveno Conde de Aranda, y ministro de Carlos III. Se trata de uno de los personajes más importantes de la Ilustración española. Se conservan escasos restos del palacio, y parte de la muralla del castillo. En el centro de la localidad se abre una gran plaza donde se alza la iglesia de San Vicente, la Casa Almudévar y el nuevo ayuntamiento construido tras el paso de la guerra civil.

Partiendo de Osca y siguiendo el curso del río Isuela, una vía secundaria la conectaba con los Pirineos. A una distancia de unos trece kilómetros y medio, es decir, nueve millas romanas, se localiza Nueno. Su topónimo procede de “nonum milliarium”. Las viviendas de la localidad se alojan en una ladera orientada al sur, ofreciendo una bella estampa desde la autovía mudéjar. En la parte alta sobresale la iglesia de San Martín, con su torre mudéjar.

La última de las localidades cuyo nombre describe su distancia en millas a la capital oscense es Cuarte, el “quartum milliarium”, a una distancia de unos seis kilómetros. Se trata de un pequeño enclave situado al sur de Huesca y cerca de la alberca de Loreto. De la modesta iglesia parroquial de la Natividad despunta una torre de planta cuadrangular de sillería.

Alrededor de la antigua Caesaraugusta aparecen otras tres poblaciones con topónimo de un numeral romano: Cuarte de Huerva, Utebo y Quinto. En el “quartum milliarium” de la vía Laminium está la localidad de Cuarte de Huerva. Se ubica a una distancia de seis kilómetros de la ciudad romana de Caesaraugusta. El nombre de esta vía procede de su destino, la ciudad de Laminio, que estuvo situada en la provincia de Ciudad Real. Esta pujante población del valle del Huerva sobresale por su desarrollo urbanístico, ligado a la actividad industrial. Su centro neurálgico es una moderna plaza porticada, en cuyo extremo se alza el moderno edificio del ayuntamiento.

En la vía romana principal que remonta la ribera derecha del río Ebro está situada la población de Utebo. La “octavum milliarium” marca una distancia de ocho millas, es decir, doce kilómetros a la capital del Ebro. Esta localidad ha sufrido un importante crecimiento demográfico gracias a su excelente ubicación en el corredor del Ebro. De su casco antiguo destaca la magnífica torre mudéjar de su iglesia parroquial, uno de los ejemplos más bellos ejemplos de Aragón.

Y para finalizar el recorrido hay que trasladarse a cinco millas de la ciudad de Caesaraugusta. El topónimo de Quinto procede del “quintum milliarium” y está situado a siete kilómetros y medio de la ciudad romana. En su traza urbana destaca la calle principal en cuyos extremos conserva los tradicionales portales-capilla. Y en la parte alta conserva el Piquete, la antigua iglesia que tras la restauración se ha convertido en un espacio cultural. La fábrica de ladrillo se culmina con una tradicional galería de arcos de medio punto. Y la torre de planta cuadrada se embellece con el trabajo mudéjar de decoración a base de ladrillo.

María Moliner, ella y su diccionario

María Moliner, lexicógrafa aragonesa, fue ante todo mujer. Una mujer que realizó una labor intelectual poco habitual en la época en la que vivió. Perteneció al grupo de pioneras universitarias, ejerciendo la profesión de bibliotecaria y archivera. Pero además de inteligente y vigorosa fue generosa. Dentro de las Misiones Pedagógicas, un proyecto cultural de la Segunda República, participó muy activamente en la creación de una rete* de bibliotecas españolas. El objetivo era llevar la cultura a los pueblos más desfavorecidos, con el fin de alfabetizar el país. Para ella un libro era una ventana maravillosa para asomarse al mundo. Librepensadora, tuvo su particular exilio interior con la llegada del franquismo. Un silencio que supo cubrir con el trabajo más importante de su vida, la elaboración del Diccionario de Uso del Español. Un minucioso trabajo que ocupó quince años de su vida que combinaba con su trabajo y su familia, presumiendo de sus nietos. El silencio le llegó de nuevo al final de su vida, presa de una enfermedad que le dejó sin palabras durante sus últimos años de vida.
*Rete: Red.

María Moliner nació en la localidad zaragozana de Paniza el 30 de marzo de 1900. Sin embargo la estancia en su pueblo natal fue de dos años, al trasladarse la familia a Almazán y poco después a Madrid. Allí María estudió en la Institución Libre de Enseñanza. En el año 1914 su padre se fue a América y no volvió, abandonando a la familia. Un año después su madre decidió volver a Aragón, estableciéndose en Zaragoza. María continuó sus estudios, mientras daba clases particulares ayudando en buena medida a la subsistencia económica de la familia. En 1918 terminó el bachillerato. Cursó después Filosofía y Letras en la Universidad de Zaragoza, licenciándose en 1921 con sobresaliente y premio extraordinario. Un año después obtuvo plaza por oposición en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, siendo su primer destino el Archivo de Simancas. En 1924 pasó al Archivo de la Delegación de Hacienda en Murcia. En la Universidad de Murcia, María Moliner fue la primera mujer que impartió clase. En esta ciudad conoció a su futuro marido, Fernando Ramón Ferrando, joven licenciado en Física, y se casaron en 1925. A comienzos de los treinta obtuvo plaza en el Archivo de la Delegación de Hacienda de Valencia. Allí se trasladó la pareja y tuvo lugar el nacimiento de sus dos primeros hijos. Combinó la maternidad con su vida profesional, y además comenzó su trabajo vinculado a las Misiones Pedagógicas que nacieron del espíritu de la Segunda República. Dentro de este proyecto cultural participó muy activamente en la organización de las bibliotecas rurales, en defensa de la cultura como regeneración de la sociedad. Tras la victoria de Franco, estuvieron a punto de irse, como otros tantos exiliados políticos. María no se definía abiertamente como una roja, pero su actividad republicana durante el régimen anterior la delataba. Sin embargo su marido estaba posicionado explícitamente en la izquierda. Al quedarse sufrieron la represión profesional. María no perdió su plaza, pero si 18 puestos en su escalafón, que no recuperó hasta 1958. Y su marido fue suspendido de empleo y sueldo, recuperando su puesto como catedrático de Física de Universidad de Salamanca en 1946, donde se jubiló en 1962. Se trasladaron a Madrid, donde María entró en la biblioteca de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales, siendo su directora hasta jubilarse en 1970. En estos años se dedicó al cuidado de su marido, enfermo y ciego ya en 1968, falleciendo en 1974. Y ella comenzó en 1973 con síntomas de arterioesclerosis cerebral, una enfermedad que le provocó la pérdida de la memoria. Los últimos seis años de su vida fue cuidada por su hermana e hijos, hasta el fallecimiento el 22 de enero de 1981.

En los años cincuenta, comenzó el trabajo vital por el cual fue reconocida su figura como lexicógrafa. Reconocía las deficiencias del Diccionario de la Real Academia Española, y comenzó las anotaciones con la idea de hacer un diccionario. Esta empresa se dilató nada menos que quince años. Encerrada en su casa, con los hijos ya criados y su marido trabajando fuera, fue desarrollando este ingente trabajo. Una labor diaria e individual, sacando tiempo dinantes* y después del trabajo. No tenía apenas vida social y dedicaba la mayor parte del día al diccionario. Partía de la necesidad de un documento de consulta más claro y sencillo que el académico, con el fin de que los españoles sacaran mayor partido de su idioma. Su obra es un diccionario de uso, con definiciones, sinónimos, expresiones y frases hechas, y familias de palabras. Su pasión por las palabras le hizo dedicar mucho tiempo, de una manera pausada y concentrada en su trabajo, mientras sus nietos correteaban por el salón de la casa, donde tenía su despacho. En el Diccionario de Uso del Español, más conocido como Diccionario de María Moliner, introdujo innovaciones que fueron adoptadas después por la academia. Acabó con los círculos viciosos en el cual se define una palabra con un sinónimo, hasta llegar a la primera palabra de nuevo. Metió la CH dentro de la C, y la LL dentro de la L. Y recogió muchas palabras que después fueron incorporadas en el diccionario de la RAE. En el año 1955, gracias a la intercesión del académico Dámaso Alonso, consiguió un contrato con la Editorial Gredos. Hasta la publicación, entre los años 1966 y 1967, el trabajo de edición fue muy laborioso. El resultado final de la obra fueron 3.000 páginas editadas en dos tomos. En el año 1998 se publicó una segunda edición que incluía dos volúmenes y un cd-rom, así como una edición abreviada. La tercera y última revisión fue editada en septiembre del 2007. La dedicatoria de su diccionario define por sí sola el trabajo invertido en el mismo: “A mi marido y a nuestros hijos les dedico esta obra terminada en restitución de la atención que por ella les he robado”.
*Dinantes: Antes.

A pesar de la edición de trabajo en pro del español no llegó a entrar en la Real Academia de la Lengua Española. Fue propuesta para académica por Dámaso Alonso, Rafael Lapesa y Pedro Laín Entralgo en 1972. Ella decía que tenía como único mérito su diccionario. Pero también apostilló que si lo hubiera escrito un hombre, seguro que hubiera conseguido un puesto en la RAE. Finalmente fue elegido Emilio Alarcos Llorach, intelectual conocido en círculos minoritarios, alejado de la atención mediática del Diccionario de Uso del Español y de la entrada de la primera mujer en la institución. Cuatro años más tarde, ya por fin, sí consiguió un sillón Carmen Conde, muy consciente de que el título de primera académica le había correspondido por derecho propio a María Moliner.

Ciervo de Chimiachas, fiel retrato de un cérvido milenario

Desde Alquézar, una de las localidades más bellas de Aragón, parten multitud de itinerarios para disfrutar de la naturaleza tan agreste que rodea su casco urbano. En la parte alta de la localidad, junto a las piscinas hay un aparcamiento. Bordeando las instalaciones por la izquierda parte una calle que enseguida se convierte en sendero. Es necesario tomar las indicaciones hacia las balsas de Basacol, o de los Abrigos de Quizans y Chimiachas. El recorrido avanza y se interna en el barranco de Payuala. En unos veinte minutos se alcanza una zona con paredes verticales, que se atraviesa gracias a una pasarela metálica. Más adelante, en un pequeño desfiladero se cambia de margen gracias al puente de Payuela, que servía para el paso del agua y ahora es utilizado para el paso de los senderistas. Mediante unas escaleras se alcanzan las antiguas balsas de Basacol, después de media hora de caminata. Sirvieron como lugar de almacenamiento para el agua potable de la localidad de Alquézar hasta hace unos años. Ahora constituyen un punto de recogida de aguas para la extinción de incendios. El entorno ha sido acondicionado embelleciéndolo y ofreciendo un lugar de recreo dotado de bancos y mesas. En la balsa superior aparece un pequeño templete que emplaza en uno de los costados.

Por este punto pasa una pista que debe tomarse en sentido ascendente, y más tarde se coge un sendero. Tras hora y veinte minutos de recorrido se alcanza el cruce señalizado que conduce en pocos minutos a los corrales donde están los Abrigos de Quizans. Están compuestos por dos covachos. En ellos aparecen representaciones de estilo esquemático, en un entorno de gran belleza. Volviendo a la senda principal, se alcanza una nueva pista. En un nuevo cruce, junto a una caseta pastoril, se toma una pista en fuerte descenso. Más abajo se convierte en senda y rodeada de pinos y encinas se adentra en el angosto barranco. Se pasa junto a dos abrigos rocosos de grandes dimensiones y recorre el fondo del barranco. Al final un ramal en ascenso conduce definitivamente hasta el Abrigo de Chimiachas, en un lugar que parece inaccesible, tras dos horas de caminata.

El primer hallazgo del conjunto pictórico del Vero se debió a Antonio Beltrán en febrero de 1969 en Lecina. Con la llegada de Vicente Baldellou a la dirección del Museo de Huesca en junio de 1978 comenzó una primera campaña intensiva para la rechira* de pinturas rupestres en la cuenca del Vero. En estos trabajos le acompañó un grupo vinculado al Museo de Huesca, algunos vecinos de Alquézar y estudiantes del Colegio Universitario de Huesca. El gran volumen de abrigos descubiertos, 60 en total, así como la riqueza y cantidad de las pinturas rupestres lo convierten en un auténtico museo al aire libre de la Prehistoria. La singularidad de este conjunto recae en la agrupación en un espacio tan reducido de los estilos principales de arte rupestre europeo. En ellos se representan el arte paleolítico (estilo naturalista desarrollado en cuevas en torno al 18.000 a.C.), el arte levantino (estilo naturalista propio desarrollado en el arco mediterráneo entre el 6.000 y el 4.000 a.C.) y el arte esquemático (estilo basado en el simbolismo y la abstracción correspondiente a una sociedad agraria y ganadera y entre el 5.000 y el 1.500 a.C.).

*Rechira: Búsqueda, investigación.

En el año 1998 llegó su reconocimiento internacional, al ser integrados en la declaración del Arte Rupestre del Arco Mediterráneo de la Península Ibérica como Patrimonio de la Humanidad. En total, son 727 los conjuntos situados en distintas zonas de Andalucía, Aragón, Castilla-La Mancha, Cataluña, Comunidad Valenciana y Murcia. Se trata del conjunto rupestre más grande de Europa. En las representaciones se muestran imágenes de la vida cotidiana en un periodo fundamental de la evolución cultural de la humanidad, entre el 10.000 y el 3.500 a.C. Se emplazan en abrigos rocosos en los que se narran las primeras escenas de narradas de la Prehistoria en Europa. A través de signos e imágenes figurativas se representan animales y seres humanos en escenas de caza, de plega*, danza o guerra en las que predominan los colores rojo, el negro y el blanco.

Plega*: Recolección, recaudación.

En el año 2001 fue declarado el Parque Cultural del Río Vero. Ocupa una superficie perteneciente a nueve municipios: Bárcabo, Colungo, Alquézar, Adahuesca, Santa María de Dulcis, Pozán de Vero, Azara, Castillazuelo y Barbastro. En esta figura de protección aragonesa se agrupan el patrimonio cultural y natural en su más amplio sentido: paleontológico, arqueológico, arquitectónico, etnográfico, paisajístico, geológico, museístico, gastronómico…

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Dentro de este conjunto destaca el Ciervo de Chimiachas, una pintura rupestre ubicada en la margen derecha del barranco homónimo, afluente del río Vero. El abrigo se encuentra elevado sobre el cauce habitualmente seco, y emplazado en una oquedad alargada de 18 metros de longitud y 5 metros de profundidad, orientada al sureste. Se accede al mismo por un sendero y en su tramo final por unas escaleras metálicas. Contiene una única y espectacular representación de un ciervo, protegida por una reja. El majestuoso cérvido aparece pintado en solitario en posición estática. Su excelente estado de conservación permite apreciar la técnica utilizada en su ejecución. La silueta está pintada en rojo, con líneas gruesas, y la figura se rellena con tintas planas en diferentes tonalidades que oscilan del rojo vinoso a tonos más ocres. El resultado es una pintura realista de pequeño tamaño, que sorprende por su excelente factura, fuerza expresiva y belleza. Constituye la mejor muestra de arte levantino del Parque Cultural del Río Vero, así como el ciervo mejor conservado y más impactante de los existentes en el Alto Aragón.

En cuanto a su ejecución, se estima que fuera realizado entre el 6.000 y el 4.000 a.C., Perteneciente a la corriente naturalista del arte levantino dentro del arco mediterráneo de la Península Ibérica. La representación de ciervos en el arte rupestre levantino forma parte según algunos estudiosos de un ritual ceremonial. Aparte de las escenas de caza junto con otros animales, suelen aparecer en solitario o acompañados de otros ciervos o ciervas en actitud reposada. Se piensa que fueran considerados como animales sagrados debido a la insistencia en su representación. Pero también existen otras interpretaciones que hacen pensar que fueran simplemente elementos informativos de cara a otros pobladores, como para señalar lugares donde se pudiesen encontrar estos animales, con el fin de facilitar la caza de los mismos.