Ramón y Cajal, de ruta por Aragón hacia el Nobel

Ramón y Cajal fue un médico y científico que se especializó en la histología y anatomía patológica. Asentó las bases de la historia moderna de la neurociencia, cuyos conceptos científicos siguen todavía vigentes hoy en día. Por todo ello Cajal es considerado el padre de la neurociencia moderna. Desde niño tuvo la mente abierta, siendo travieso y muy activo. Aficionado a la lectura tuvo una gran capacidad para el dibujo y la pintura. A pesar de no poderse dedicar de pleno a esta faceta artística, entre otras cosas por la oposición de su padre, pudo desarrollar esta habilidad innata en su actividad profesional como médico e investigador. En su juventud y adolescencia desarrolló afición a la montaña y al contacto con la naturaleza. Pero también destacó por su faceta como escritor y fotero*.
*Fotero: Fotógrafo.

Su nombre completo fue Santiago Felipe Ramón Cajal, aunque él usaba Santiago Ramón Cajal. Fue universalmente conocido sin embargo como Santiago Ramón y Cajal, con la unión de los dos apellidos para distinguir su primer apellido de un hipotético segundo nombre de pila, práctica generalizada y legislada en España en el siglo XIX. Otra de las curiosidades hace referencia a su origen. El 1 de mayo de 1852 nació en Petilla de Aragón, una pequeña localidad de Navarra. Este núcleo perteneció al reino aragonés desde el siglo XI, pero pasó a manos navarras tras el incumplimiento de un préstamo de Pedro II de Aragón a Sancho VII el fuerte de Navarra. Desde 1209 su término municipal es una isla geográfica navarra en medio de territorio aragonés. Santiago Ramón y Cajal sólo vivió allí sus dos primeros años de vida, debido al destino como médico-cirujano de su padre, Justo Ramón Casasús. Él siempre se sintió aragonés tanto por la procedencia de sus padres, Justo y Antonia, naturales de Larrés (Huesca), como por su educación familiar y la vida en tierras aragonesas buena parte de su vida.

En el año 1854 se trasladan a Larrés, donde fue destinado su padre. Se trasladaron por la ilusión paterna de ejercer la medicina en su pueblo natal. Los bisabuelos de Cajal procedían de los pueblos cercanos de Isín, Larrés, Aso de Sobremonte, Acumuer y Senegüé, lo que jusfifica sus orígenes propiamente aragoneses. Allí nació también su hermano Pedro. Su estancia fue corta debido a unas desavenencias de su padre con el ayuntamiento.

Al año siguiente la familia se fue a Luna, donde ejerció su padre durante un año.


Y en 1856 el nuevo destino de su padre será Valpalmas, donde permanecen hasta el año 1960. Cuatro años de estancia en los que comenzó su aprendizaje y su pasión por la naturaleza.

Su plaza de médico rural les obliga a trasladarse a Ayerbe. En esta población termina su primera enseñanza. Sus estudios de segunda enseñanza los cursa en los Escolapios de Jaca y en el Instituto de Huesca, volviendo en las vacaciones escolares al pueblo. Su rebeldía y condición de mal estudiante hace que su padre lo ponga de aprendiz de zapatero dejando temporalmente sus estudios en 1866. Finalmente en 1869 obtiene su título de bachiller.

En el mismo año se trasladó a Zaragoza al obtener su padre la plaza de profesor de Disección y Osteología en la Escuela Libre y Regional de Medicina. A la vez su hijo inicia sus estudios universitarios de Medicina. Su padre ya le había iniciado en el estudio de la disección unos años antes en Ayerbe, con el robo de calabres* del cementerio. En Zaragoza le acompañaba en sus trabajos de disección en el Hospital de Nuestra Señora de Gracia. Una vez licenciado en junio de 1873 fue llamado para cumplir con el servicio militar obligatorio. En unos meses obtiene plaza en el Cuerpo de Sanidad Militar siendo destinado a Lérida. Un año después asciende a capitán y marcha a Cuba. Su ideal aventurero atraído por los paisajes tropicales choca frontalmente por la realidad del país dominada por el caos administrativo y las enfermedades debido a las condiciones insalubres de su destino, que le hacen contraer el paludismo. Su situación de gravedad le obliga a solicitar la licencia para volver a España en 1875, en un estado grave de deterioro físico. Cuidado por su madre y hermanas logra recuperar la salud y retoma la actividad académica como profesor en la Universidad de Zaragoza. Con sus ahorros Cajal se compra un microscopio con el que acondicionó su propio laboratorio donde inició sus investigaciones histológicas. Sus habilidades artísticas le permiten dibujar con todo lujo de detalles lo que veía a través del instrumento óptico. Y comienza a elaborar un álbum fotográfico que es utilizado posteriormente para el aprendizaje en la Universidad de Zaragoza, así como para demostrar sus investigaciones científicas. En el año 1879 contrajo matrimonio con Silveria Fañanás en la iglesia de San Pablo de Zaragoza, estando ausentes sus padres no conformes con este enlace. Tuvieron siete hijos: Santiago, Felina, Pabla Vicenta, Jorge, Enriqueta, Pilar y Luis. En el año 1885 con motivo de epidemia de cólera que castigó especialmente a Zaragoza, la Diputación de Zaragoza le regala un microscopio de alta calidad y le encarga un estudio sobre el bacilo causante de la enfermedad. Sus investigaciones no trascendieron aunque fueron anteriores al desarrollo de una vacuna unos años después por dos médicos americanos.
*Calabre: Cadáver.

En lo profesional trabajó como médico y ocupó cátedras en universidades de Valencia, Barcelona y Madrid. El año 1888 fue clave en su desarrollo como investigador. Entonces descubrió los mecanismos de conexión entre las neuronas determinando que eran células independientes cuya relación daba lugar a los impulsos nerviosos. Al año siguiente su teoría de la “doctrina de la neurona” fue aceptada en un congreso científico en Alemania. A partir de entonces comienza su reconocimiento internacional. En el año 1892 se traslada a Madrid y en 1901 establece un Laboratorio de Investigaciones Biológicas. En el año 1906 le llega el reconocimiento más importante de su vida, el Premio Nobel de Fisiología y Medicina. Uno de los ocho españoles que han logrado este galardón, siendo el único aragonés. El premio fue compartido con Camillo Golgi. Gracias al método desarrollado por el científico italiano se podían teñir las neuronas y así poder conocer su forma exacta. Se da la paradoja de que el descubrimiento de Cajal demostró que la teoría sobre las neuronas de Golgi no era cierta, determinando así que el tejido cerebral está compuesto por células individuales. Tras abandonar la docencia universitaria, en 1922 funda el Instituto Cajal de Investigaciones Biológicas, en el cual estuvo trabajando hasta su fallecimiento el 17 de octubre de 1934. Cuatro años antes le había dejado su mujer, lo cual supuso un importante golpe afectivo.

Además de sus investigaciones, trabajó intensamente en vida como docente para que su labor fuera continuada por los alumnos. A su muerte dejó cuatro legados de 25.000 pesetas cada uno para fomentar los estudios en la Universidad de Zaragoza. Legó un importantísimo fondo documental compuesto por documentos, dibujos y pinturas científicas, preparaciones histológicas y fotografías realizadas a lo largo de su carrera profesional. Entre ellos cabe destacar las 2.900 ilustraciones de sistema nervioso. Verdaderas obras de arte dibujadas a lápiz y pintadas con tinta india, que reflejan con exactitud la complejidad de las estructuras cerebrales. Todo ello está depositado en el Instituto Cajal, con sede en Madrid, que conserva el legado Cajal para ser visitado previa solicitud. Parece mentira que a pesar de la transcendencia internacional de sus investigaciones, todo ello esté guardado en un pequeño espacio. Sin duda alguna queda la asignatura pendiente de crear un museo para poder divulgar de manera permanente estos valiosísimos materiales, y facilitar la interacción con el mundo académico para poder realizar investigaciones, trabajos, tesis doctorales, cursos, conferencias y reuniones científicas.

Torrellas, con las puertas abiertas al arte

Cerca de Tarazona y no lejos de tierras sorianas se emplaza la localidad de Torrellas. Antis más* llegó a acoger a dos mil almas, antes de la expulsión de los moriscos en 1610. Tras el abandono casi total de la población se fue recuperando y en la actualidad, tras el bajón demográfico de este siglo aglutina a unos 250 vecinos censados. La huella dejada por los musulmanes es evidente y enriquece hoy en día todavía la pequeña población. Queda de manifiesto tanto en la traza urbana, como en la iglesia de San Martín de Tours, herencia de la antigua mezquita. En su interior se compone de tres naves separadas por arcos apuntados, producto de la reforma llevada a cabo en el siglo XVII para adaptarse al culto cristiano. La torre mudéjar tiene planta octogonal y presenta decoración de bella factura. En las cercanías se alza la plaza mayor, que destaca por el porticado de los laterales que de aportan un aspecto pintoresco al que se añade el color blanco de sus fachadas y la abundancia de macetas dando el toque de color. Con motivo del cuarto centenario de la expulsión de los moriscos el ayuntamiento colocó unas placas de cerámica identificando los puntos más representativos de legado musulmán en la trama urbana: la mezquita, el castillo, antiguas puertas de Esquena y Pontón y varias casas de ilustres moriscos.

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Somontano del Moncayo, a los pies de la mítica montaña

*Antis más: Antaño.

El hecho histórico de mayor repercusión de esta población fue la firma de la sentencia arbitral de Torrellas, el 8 de agosto de 1304. Allí se reunieron el rey Dionisio I de Portugal, el arzobispo de Zaragoza, Jimeno de Luna, en representación de la Corona de Aragón y el infante Juan de Castilla “el de Tarifa”. El objetivo era dirimir las disputas entre Aragón y Castilla relativas a las fronteras del reino de Murcia, en posesión del rey Jaime II de Aragón. Se acordó dividir las posesiones mediante el río Segura. Las tierras del este serían aragonesas, incluyendo a ciudades como Alicante, Cartagena y Elche. Mientras que las tierras situadas al oeste pasarían a manos castellanas, entre las cuales estaban las ciudades de Murcia, Lorca y Molina de Segura. En el tratado se resolvieron además las reclamaciones al trono castellano por parte de Alfonso de la Cerda, nieto de Alfonso X el Sabio, que tenía los apoyos del rey aragonés. A cambio de renunciar a las aspiraciones al trono le fueron entregados señoríos y posesiones dispersos por el territorio castellano.

En las últimas décadas el descenso demográfico ha provocado que muchas de las viviendas estén buedas* buena parte del año, y las corralizas y los pajares sin uso en estado de abandono. Por ello en el año 2016 el ayuntamiento de la localidad convocó un concurso de pinturas murales con el objetivo de revitalizar algunos edificios, bajo el nombre de “Arte en la calle”. En aquella primera edición se remozaron dos fachadas decorándolas con pinturas.

*Bueda: Vacía.

El experimento gustó mucho a los vecinos y se le dio continuidad al año siguiente. En la segunda convocatoria se seleccionaron tres murales, siendo el ganador el artista valenciano Ángel Caballero, conocido por el seudónimo de Xolaka. En su obra “Amor eterno”, se representa a dos personas mayores mirándose, que bien se pueden identificar con cualquier pareja de la localidad debido a la media de edad de sus habitantes.

Tras su ejecución el artista ofreció al ayuntamiento que decorase algunas puertas del pueblo, y la única condición que marcaron fue que tuvieran un mensaje multicultural. El resultado fueron cinco obras de arte cuyo soporte eran puertas metálicas pertenecientes a edificaciones ubicadas en torno a la calle Sol. Se trata de propiedades particulares que sus dueños han cedido gustosamente para embellecer su pueblo. En ellas se representa a rostros de niños de diferentes culturas.

Tras el éxito de la anterior intervención de Xolaka, le fueron encargadas otras cinco nuevas caras, en esta ocasión de personas mayores de diferentes partes del mundo. El formato elegido fue el mismo que el año anterior, puertas de hierro galvanizado. Su ubicación se concentra en torno al antiguo hospital de Torrellas, y fueron llevadas a cabo en febrero de 2018.

Y en este año se convocó la tercera edición de esta iniciativa, eligiéndose tres murales para continuar decorando diferentes espacios. Buena parte de los artistas que han participado cuentan con un reconocimiento internacional.

Con esta iniciativa se ha transformado el pueblo y se ha producido un cambio de imagen notable que está generando más visitas a esta localidad de la Comarca Tarazona y el Moncayo. Incluso el ayuntamiento ha publicado un folleto con la ubicación de las intervenciones artísticas.

Ya se está preparando la siguiente edición, que ya será la cuarta. Por una parte se continuará con la serie de rostros en las puertas. Con el fin de representar a diferentes generaciones se ha pensado que el hilo conductor será la gente joven, en el cual se plasmen rasgos muy actuales como rastas, tatuajes o piercings. Todavía se está diseñando el formato del proyecto cultural “Arte en la calle” de 2019. Y de manera paralela el ayuntamiento ha promovido un concurso de relatos “El mundo a las puertas de Torrellas”. En él podrán participar niños de 3º a 6º de primaria de la comarca. Con ello se pretende el fomento de la solidaridad y la creatividad de los más pequeños. Y para ligarlo con el proyecto artístico en sus relatos deberán dar vida a uno de los diez retratos llevados a cabo en las puertas de localidad. El plazo de entrega finalizará el mes de abril.

Una iniciativa que está colocando en el mapa a Torrellas, una localidad situada a los pies del Moncayo. Dando un aire fresco a un pueblo marcado por el envejecimiento y el lastre del descenso demográfico, con el fin de garantizar su futuro. Y todo ello gracias a una sencilla iniciativa artística que está decorando y embelleciendo la localidad, con una temática que remarca la convivencia entre culturas.

Rodén, un pueblo de alabastro en ruinas

Rodén es una modesta población situada a los pies de un pequeño río, el Ginel. El fértil valle une los términos de Mediana de Aragón y Fuentes de Ebro, con Rodén en el punto intermedio. En la actualidad es una pedanía que depende del ayuntamiento de Fuentes de Ebro, donde viven una veintena de vecinos, cuya historia cambió de manera drástica con el paso de la guerra civil española.

Durante siglos Rodén formó parte de un señorío del Arzobispo de Zaragoza junto a otras catorce localidades dispersas por las provincias de Zaragoza y Teruel. A mediados del siglo XIX, según el diccionario de Madoz, albergaba 83 casas. Contaba con ayuntamiento propio, además de escuela, comercios y molinos de harina y aceite. Su economía se basaba en el cultivo de trigo, cebada, avena, viñas, olivos y trunfas*.

*Trunfa: Patata

Con el avance republicano en la contienda, sus doscientos habitantes abandonaron por completo la población por su propia seguridad. No volvieron todos, pero los que lo hicieron se encontraron con su pueblo en un estado desolador, tan sólo siete meses después de su partida. Apenas unas pocas casas en pie y el resto en una situación lamentable. Dicen que aprovecharon todos los materiales que pudieron para las cruentas batallas libradas en los pueblos cercanos, entre ellas la de Belchite. Quizás también fuera bombardeado o masacrado por la artillería. Lo cierto es que el pueblo estaba en unas pésimas condiciones, sin luz eléctrica ni agua. Allí se alojaron como pudieron los antiguos vecinos. En la década de los cuarenta el Servicio Nacional de Regiones Devastadas y Reparaciones descartó la reconstrucción del pueblo debido a su estado y agreste ubicación. Eligieron el espacio situado a los pies de la elevación y allí construyeron diez viviendas, aunque algunos vecinos tuvieron que levantarlas por sus propios medios debido al retraso de las obras. Además se construyó una nueva iglesia, la casa del maestro y la escuela.

A lo largo de los años Rodén el Viejo, como así se denomina al antiguo casco urbano, se ha ido degradando poco a poco. En la actualidad apenas quedan los muros de la iglesia parroquial, el castillo y algunas fachadas de viviendas. A finales de 2012 se constituyó la Asociación Torre Rodén. A lo largo de estos años se ha realizado un gran trabajo por sus integrantes para poner en valor la historia del pueblo y evitar que el paso del tiempo elimine más huellas de lo que fue esta localidad. En estos años se han organizado cursos, jornadas de patrimonio, carreras populares e intervenciones de señalización. Uno de los primeros logros fue la esbielladura* de la torre de la iglesia, con el apoyo de APUDEPA (Acción Pública para la Defensa del Patrimonio Aragonés). La intervención fue sufragada por la Diputación Provincial de Zaragoza, con un coste de 30.000 euros. Se restauraron parte de las fachadas y la cubierta, obras que fueron inauguradas en septiembre de 2014.

*Esbiellar: Restaurar, renovar.

El siguiente paso firme para la dignificación de Rodén el Viejo fue la aprobación de la declaración de Bien de Interés Cultural (BIC), en la categoría de conjunto histórico, en abril de 2017. Junto con lo núcleos de Belchite (Zaragoza) y Corbera de Ebro (Tarragona) son los únicos municipios españoles donde se conserva al huella de la guerra civil. Sin embargo Rodén era el único de los tres que no contaba con la máxima protección del patrimonio concedida en España. Esta declaración obliga al ayuntamiento de Fuentes de Ebro a aprobar un Plan Especial de Protección para el núcleo viejo del pueblo. La idea no es su reconstrucción, sino la intervención para la consolidación de los restos, los cuales están en peligro. Precisamente a finales de 2016 se produjo el último derrumbe de parte del castillo árabe.

En la primavera de 2019 se han llevado a cabo las obras de consolidación de los dos edificios históricos, la iglesia parroquial y el castillo. El ayuntamiento de Fuentes de Ebro ha ejecutado la actuación gracias a una subvención de la Diputación de Zaragoza de unos 100.000 euros. El objetivo ha sido consolidar las ruinas para evitar cualquier riesgo al visitante. En cuanto a la iglesia se ha procedido a limpiar su interior y colocar un cincho perimetral y unos tirantes para garantizar la estabilidad de los muros. En cuanto al castillo se ha inyectado cemento en muros y bóvedas para su consolidación, así como el desescombro del patio de armas, el espacio circundante al edificio.

Desde lejos la vista del casco urbano impresiona, coronado por la torre de la iglesia y las ruinas de las viviendas sobre el cerro. Acceder al núcleo es sencillo gracias a la pista asfaltada que conduce el cementerio, como continuación de la única calle de Rodén. Al atravesar las lomas desprovistas de vegetación se pone en antecedente de cómo se construyeron sus edificaciones. El material básico fue el alabastro, utilizado para levantar los muros y unido por argamasa y lucido por yeso.

Un pueblo erigido de este material que aflora en el paisaje y que el paso del tiempo va devolviendo a su lugar de origen, mezclado con la tierra de donde se extrajo por sus habitantes hace siglos. Destaca además que las piedras apenas fueron esculpidas para su uso, y se utilizaron con su forma natural, rejuntándose con argamasa y enluciéndose para realizar el acabado. Ahora la ruina permite ver el interior de las construcciones desnudas. Un paseo por el pueblo permite apreciar que el alabastro forma parte de todos los muros, en los que apenas se utilizó el ladrillo.

En las casas el único color que rompe con el blanco y el gris es el azulete, un color típicamente aragonés usado en el pintado de las fachadas de las viviendas.

En la parte más elevada se alza la iglesia de San Martín. Su construcción pudiera remontarse al siglo XVI, aunque su estado actual y la falta de documentación impiden fecharla con seguridad. Conserva los altos muros de su única nave que se cierra con ábside poligonal. Carece de cubierta, pero se intuye que la bóveda original fuera de crucería estrellada a juzgar por las ménsulas decoradas en yeso que aún conservan, y de las cuales partían los nervios. Posteriormente fue sustituida por una bóveda de medio cañón. Todavía se conservan los restos de altares de factura posterior a la obra inicial. A los pies se alza el coro en alto como así lo atestigua el arranque de la columna que lo sostenía.

En cuanto a la torre, es el elemento mejor conservado tras su reciente restauración. Es de planta cuadrada y carece de elementos decorativos. Su rudeza se muestra a través de los sillares de alabastro ligeramente tallados que conforman su estructura que se cubre con tejado a cuatro aguas.

La portada fue realizada en ladrillo. Un arco apuntado engloba el acceso compuesto por un arco rebajado y los restos de una hornacina. Tanto la portada como los arcos apuntados de ladrillo de la nave son las escasas excepciones al alabastro como elemento constructivo básico de la iglesia parroquial.

A escasos metros se alzan los restos del antiguo castillo de origen musulmán, y que también cuenta con alabastro como elemento principal en su construcción. De su estructura en ruinas es difícil imaginar cómo era. Se conserva una estancia cubierta por bóveda de medio cañón, reforzada con un arco de ladrillo, abierta por los dos extremos.

Todavía estamos a tiempo de poder romper con el triste devenir de Rodén. Un pueblo mimetizado con el medio que lo rodea, ya que fue erigido con el alabastro del cual se compone la tierra en la que se asienta. En nuestra mano, en la de las administraciones y en la de los voluntarios, está que podamos invertir este proceso de degradación y empezar con los trabajos de dignificación y recuperación histórica. Las obras de consolidación de los dos edificios principales ya se han realizado, pero deben realizarse más intervenciones para devolver algo de esplendor a los restos del conjunto urbano. También se deberían realizar actuaciones de señalización así como otras de carácter divulgativo. El objetivo es mantener las ruinas de un pueblo salpicado por la guerra civil, en la que afortunadamente no hubo víctimas, pero sí muchas vidas truncadas. Una contienda que arrebató a la fuerza los orígenes de muchos de los habitantes del antiguo Rodén.

5º Excursión Joréate por Aragón a Calatayud

Y ya iban cinco, y en esta enchaquia* la segunda en el mismo año. Después del buen sabor de boca de la anterior el dragón Chorche se animó a preparar una nueva salida para jorearse en otoño. Precisamente tuvimos un día propio de esta estación. Tras las lluvias de los últimos días las primeras nieblas otoñales hicieron acto de presencia. Pero sirvieron  para poner  un toque más idílico de  la Sierra de Armantes a primeras horas de la mañana, y se fueron justo en el momento adecuado.

*Enchaquia: Ocasión.

Tras adentrarnos en la Comunidad de Calatayud, tomamos la carretera de Soria, y después una pista que se adentraba en el corazón de esta sierra. A pesar de las lluvias no tuvimos problemas en alcanzar el objetivo, tras seis kilómetros de pista. De camino fuimos disfrutando de un pinar cuyos árboles lucían un precioso color verde mezclado con algunas nubes bajas que hacían  pensar que estábamos en otras latitudes. Aparcamos y comenzamos el paseo, no sin antes coger fuerzas con el tradicional almuerzo.

Una sencilla y cómoda senda se internaba en un frondoso pinar, con el suelo tapizado de musgo. En el camino tuvimos que salvar dos pequeños barrancos, pequeñas aventuras para los más pequeños, y para algunas algo más grandes. En un cuarto de hora llegamos al collado de los Castillos. Un expléndido mirador donde a todos sorprendieron las formaciones rocosas de color rojizo, esculpidas por el aire y el agua durante siglos. Un espectáculo natural que recordaba mucho a los paisajes del Colorado americano, y sin salir de Aragón. Los restos de la niebla hicieron que las vistas fueran todavía más bonitas. Un buen lugar para hacerse fotos.

Y continuamos con la ruta, que nos llevaba hasta la Cruz de Armantes, el punto más alto de la sierra. La senda ascendía entre pinos y más arriba atravesaba una zona cubierta por plantas parecidas al esparto, dando lugar a un paisaje curioso y precioso a la vez. El suelo cubierto por el manto blanquecino de estas plantas sólo era interrumpido por la senda que se encaminaba a la cruz, ya visible. Una gran cruz negra, marcada con las barras de Aragón coronaba el punto más alto de la sierra. Emplazada en un privilegiado lugar, sobre un espolón rocoso en dirección a tierras sorianas. El sol ya había vencido por completo a la niebla, lo cual permitía amplias vistas. Una gran llanura surcada por los ríos Ribota, a la derecha, y Manubles a la izquierda. También eran visibles los pueblos de Torralba de Ribota, Aniñón, Cervera de la Cañada, Villarroya de la Sierra, Moros y Villalengua. Un lugar magnífico para disfrutar del paisaje, y del día tan bueno que nos estaba acompañando.

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Manubles y Ribota, riberas de castillos y mudéjar

De vuelta, y con el estupendo ambiente no faltó alguna foto graciosa de grupo que dejaba claro el buen ambiente que reinaba, disfrutando de una nueva excursión de Joréate por Aragón, descubriendo rincones de nuestra tierra. Y mucho más ligeros comenzamos el descenso, ya de camino al coche y con ganas de minchar*.

*Minchar: Comer.

Después de recorrer de nuevo la pista, y salir a la carretera, tomamos dirección a Torralba de Ribota, situado a unos cuantos kilómetros. Tras atravesar el casco urbano fuimos al merendero situado junto a la fuente medieval. Poca agua manaba de esta fuente tan apreciada por sus vecinos, muestra de que a pesar de las últimas lluvias la sequía estaba castigando esta zona de Aragón. Enseguida tomamos una de las mesas de piedra con las que estaba dotado este recoleto merendero, con abundante sombra de chopos. Y cada uno sacó lo mejor de su casa para compartir, como ya era habitual en estas comidas. Anchoas de José y Elena, pimientos y puerros del huerto de Chorche, o tarta de manzana de Eva entre otros muchos manjares que hacían de una sencilla comida de campo algo tan gratificante.

Sólo nos faltaba el café, y para ello nos encaminamos al pueblo dando un paseo. Recorriendo sus calles pudimos apreciar lo cuidado de sus casas, todas ellas pintadas de diferentes colores en plena armonía.

Y también apreciamos la hospitalidad de sus vecinos que nos abrieron las puertas de su centro social, ya que el bar estaba cerrado. Allí tomamos un café bien elaborado, y helados para los niños.

Nos quedaba todavía conocer algo más del pueblo, y para ello el dragón Chorche nos llevó hasta la torre Alba. Uno de los restos de su antiguo recinto defensivo se conservaba en pie y tras las últimas intervenciones volvía a lucir las almenas en la parte alta. De esta torre provenía posiblemente el nombre del pueblo, con el apellido de Ribota, aunque antaño tuvo los apellidos de Aniñón y más tarde de la Cañada. Todo ello para diferenciarla de Torralba de Aragón (Huesca), Torralba de los Frailes (Zaragoza) o Torraba de los Sisones (Teruel).

A continuación nos acercamos a la joya artística de la localidad. Una nueva plaza que se había decorado con inspiración mudéjar era el mejor lugar para contar la historia de la localidad, marcada por la guerra de los dos Pedros, entre Pedro I de Castilla y Pedro IV de Aragón en el siglo XIV. En ella se destruyó la iglesia anterior, y la nueva se construyó según el prototipo de iglesia fortaleza bajo el estilo mudéjar.

Nos acercamos hasta la fábrica, para ver de cerca la característica de este tipo de iglesias. Seis torres marcaban su aspecto defensivo, cuatro de ellas de menor tamaño, y dos de ellas a modo de campanario en la fachada. Un galería de arcos de medio punto coronaba las fachadas. El ladrillo dominaba con discreta decoración en las fachada y en las torres. El mayor valor de la iglesia de San Félix es que conserbaba prácticamente intacta su estructura original con la que se levantó hace más de seiscientos años.

Al interior, Angel, el párroco y natural de la localidad, nos mostró su entusiasmo por esta bonita iglesia. Lo primero que sorprendía era el colorido de las pinturas que adornaban todos y cada uno de los rincones de sus muros y bóvedas. Un espacio rectangular y cubierto por bóveda de crucería, sólo ampliado en la cabecera con tres capillas abiertas a la nave, y por el coro que contaba con alfarje de madera decorado. Sólo una pega, que necesitaba una restauración para devolverle todo su explendor, ya que se conservaba de manera original, a excepción de la cabecera que había sido restaurada.

En la explicación pudimos descubrir todos los detalles en cuanto a la decoración mudéjar,  pero también de los retablos góticos del altar, que durante siglos habían sido guardados por su falta de interés, y que tras su limpieza adornaban y enriquecían esta iglesia, ya de por sí ciertamente bella. Y qué decir del artesonado del coro alto, que a pesar de no haber sido restaurado, conservaba toda la decoración en vigas y tablas. Todos salimos con la impresión de haber descubierto una de las joyas artísticas con las que cuenta nuestra tierra, poco conocidas, y ocultas en una modesta iglesia de una zona donde los turistas apenas campan.

El paseo de vuelta a la fuente, donde teníamos los coches, sirvió para preparar la nueva excursión, que el dragón Chorche ya tenía pensada a Mequinenza, para la primavera. Y todavía quedó tiempo para merendar. Después de que Angel, el mosén, nos contase la historia de Eva y el pecado original, ahora teníamos a Isabel tomando unas granadas, curioso paralelismo.

Un divertido final para una excursión en la que todo salió perfecto, el tiempo, el ambiente de la gente, y el acierto del dragón Chorche con el destino, para jorearnos una vez más por Aragón.

Illueca, Aviñón y Peñíscola: la ruta vital del Papa Luna

Pedro Martínez de Luna nació en 1328 en la localidad zaragozana de Illueca, más concretamente en el imponente palacio-residencia de los Condes de Luna, una de las más importantes familias de la nobleza aragonesa. Se instruyó en las armas, pero al no ser el primogénito tuvo que optar por la vida eclesiástica. Se trasladó a estudiar Derecho Canónico en la Universidad de Montpellier, donde ejerció de profesor al licenciarse. Posteriormente fue canónigo en Vich, Tarragona, Huesca, Mallorca, Cuenca, y más tarde arcediano de Zaragoza y preboste de Valencia. También ocupó importantes cargos en la Corona de Aragón. Su carrera eclesiástica fue en ascenso constante, siendo nombrado cardenal en 1375 por el papa Gregorio XI, a propuesta del rey Pedro IV de Aragón.

En aquella época la sede papal estaba en la ciudad francesa de Aviñón. En un viaje a Roma, con motivo de unas revueltas, falleció el papa. Se celebró precipitadamente el cónclave de 1378 en la Basílica de San Pedro de Roma, con la presencia de 16 de los 22 cardenales, sin esperar a que llegasen a los que estaban en Aviñón. Fue elegido el arzobispo de Bari, debido a las presiones de los romanos que querían devolver la sede papal a Roma. También con ello se evitó tener que elegir entre las dos facciones francesas, lemosinos y galicanos. Así se nombró al papa Urbano VI. El proceder del sumo pontífice fue cuestionado y los cardenales franceses lograron convencer a Pedro de Luna de la ilegitimidad de dicha elección al no estar presentes todos los cardenales electos. Cinco meses después se nombró en un nuevo cónclave al papa Clemente VII, con sede en Aviñón. Este hecho desencadenó el denominado Cisma de Occidente, co-existiendo los dos papas. A su muerte, en 1394, fue elegido el ilustre aragonés como papa Benedicto XIII, llegando a lo más alto eclesiásticamente. A pesar del apoyo de casi todos los cardenales, el Papa Luna no recibió el beneplácito de la monarquía francesa, al estar el nuevo papa ligado a la Corona de Aragón. Comenzó un bloqueo militar y económico a la sede papal, lo que obligó a huir de la ciudad en 1403. Durante nueve años la curia fue itinerando por numerosas ciudades de la costa mediterránea entre Valencia y Génova. En 1406 se iniciaron las conversaciones entre Gregorio XII (sucesor del papa Urbano VI) y Benedicto XIII. Sin embargo el aragonés no cejó en su empeño de ser el legítimo papa. En 1409 se celebra el concilio de Pisa, con el fin de deponer a ambos y elegir uno nuevo. Al no renunciar ninguno, la situación se agravó todavía más, ya que la Iglesia Católica pasó a estar gobernada por tres papas, el romano Gregorio XII, el aviñonense Benedicto XIII y el pisano Alejandro V, sustituido éste último a su muerte por el papa Juan XXIII. El Papa Luna, cada vez con menos apoyos internacionales, se recluyó en el castillo de Peñíscola en 1411. En el concilio de Constanza en el año 1415 se depusieron Alejandro V y Benedicto XIII, acusados de herejes y antipapas. Gregorio XII renunció, y se eligió a Martín V como único papa, con sede en Roma. En 1423 falleció a los 95 años el Papa Luna, reconociéndose aún como único papa ilegítimo.

*Estrapaluzio: Altercado, revuelta.

Tres ciudades marcaron la vida del Papa Luna: Illueca, Aviñón y Peñíscola.

Presidiendo la población de Illueca, en la provincia de Zaragoza, se alza la residencia de los Luna. En este castillo nació y pasó sus primeros años de vida Pedro Martínez de Luna. A lo largo de su vida fueron frecuentes las visitas, debido a sus intensas labores diplomáticas, y en una etapa posterior siendo el legado de papa Clemente II en la Península Ibérica. Desde sus estancias podría divisar el valle del Aranda, marcado por el verdor de sus cultivos y de su huerta en pleno Sistema Ibérico.

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Aranda, río de Luna y calzados

 

El castillo-palacio fue erigido en siglo XIV, momento en que todas sus estancias se distribuían en torno a un patio central abierto. De aquella época se conservan la Sala Dorada y la alcoba privada donde nació el futuro Papa Luna. En el siglo XVII se eliminaron las almenas que le aportaban el aspecto defensivo y se construyó la galería de arquillos en todo su perímetro superior, otorgando desde entonces un aspecto más palaciego al conjunto. Y también se lleva a cabo la portada siguiendo los cánones renacentistas italianos. Dos torrecillas semicirculares flanquean el acceso, formado por tres cuerpos. En el primero de ellos aparece un arco de medio punto entre pilastras toscanas, cubierto por un friso decorado y frontón partido con dos grandes volutas. El segundo y el tercero son más sencillos. En la segunda mitad del siglo XVII se realizan nuevamente reformas. En esta época se elevaron las torres de acceso por encima del tejado. También se realiza el cubrimiento del patio medieval donde se construye la escalera monumental, a la vez que se decora el mausoleo ubicado en la capilla privada. Tras atravesar el acceso principal surgen unas escaleras excavadas en la roca que ascienden hasta un primer rellano, y un poco más arriba se abre el antiguo en el cual se encuentra la escalera principal. En la planta baja del castillo aparece una sala cubierta con friso de madera y artesonado con casetones, en la que está el mausoleo del Papa Luna. Le da acceso una portada barroca en yeso coronada por el escudo de los Luna y del papado. En este lugar estuvieron depositados los restos del Papa Luna, y ahora aparece una urna de beire* con la reproducción de su calavera.

*Beire: Cristal.

Al frente se accede a tres salas consecutivas, las cuales cuentan con artesonados neoclásicos a base de casetones. Subiendo a la parte alta por la escalera principal se accede al salón principal conocido como la Sala Dorada o Salón del Protocolo, que data del siglo XIV. Cuenta con un friso mudéjar de yeserías caladas, y sobre él la estancia se cubre con un artesonado policromado, que se apoya en ménsulas bellamente talladas y doradas. En las vigas destaca decoración con los escudos de la familia Luna. Desde esta estancia se pasa a la alcoba privada, también del siglo XIV. En ella destaca otro friso de yeserías de clara influencia mudéjar. Sobre ella se dispone otro artesonado similar al de la anterior sala, pero de menor envergadura. Junto a la sala principal está la Sala de la Corona de Aragón, del siglo XVII. En ella aparece un friso de madera, bajo un artesonado de casetones de estilo renacentista.

Otra de las ciudades que marcaron la vida de Pedro Martínez de Luna fue Aviñón, situada en el sur de Francia. El papado de Aviñón se prolongó desde 1309 hasta 1377. Con la elección del papa Clemente VII se inició el periodo denominado Cisma de Occidente, en el cual la Iglesia estuvo dividida entre el papa residente en Roma y el antipapa residente en Aviñón, primero Clemente VII y después Benedicto XIII, hasta que éste se vio obligado a abandonar la ciudad francesa. Tras su nombramiento como cardenal en 1375, Pedro Martínez de Luna estuvo ligado a la vida papal, con la sede de la curia en esta ciudad francesa. Tras la celebración del cónclave en el palacio papal en 1395 fue nombrado como papa Benedicto XIII. Residió allí hasta que abandonó la ciudad por la presión de la monarquía francesa en 1403.

El Palacio de los Papas de Aviñón fue la residencia papal desde el año 1309, cuando así lo decidió el papa Clemente V huyendo de la situación provocada por su nombramiento en Roma. Le sucedieron Juan XXII y Benedicto XII. Este último comenzó la construcción del palacio, reformando el antiguo palacio episcopal situado sobre una elevación rocosa cerca del río Ródano. De esta etapa data el Palacio Antiguo, un gran edificio centrado en un claustro, de aspecto defensivo y compuesto por cuatro alas flanqueadas por torres.

En cuanto al Palacio Nuevo, así se llama a la fase llevada a cabo por los papas sucesores. Clemente VI que llevó a cabo una gran capilla de 52 metros de largo para la celebración de los grandes actos de culto, así como una nueva torre y otros edificios auxiliares. Con Inocencio VI se construyeron dos torres más, con Urbano V el patio principal y los edificios que lo cerraban. En su conjunto se trata del edificio gótico más grande, llegando a la plenitud del estilo gótico internacional. Un edificio en el cual invirtieron los papas buena parte de sus ingresos durante la construcción. Fue diseñado por los mejores arquitectos franceses de la época. Y su interior fue suntuosamente decorado con tapices, pinturas, techumbres y esculturas, siendo sus frescos ejecutados por los más importantes pintores de frescos de la escuela sienesa.


La última etapa de la vida del papa Benedicto XIII la pasó en el castillo-palacio de Peñíscola. Allí recayó después de la vida itinerante entre 1403 y 1411 por diferentes ciudades de la costa mediterránea tras abandonar Aviñón. En aquel año llegó a Peñíscola y estableció en el castillo la sede pontificia, donde pasaría sus últimos años de vida, hasta fallecer en 1423. A pesar de su condición de antipapa, a su muerte se nombró como sucesor al también aragonés Gil Sánchez Muñoz, como el papa Clemente VIII. Se mantuvo en su cargo hasta 1429, momento en que abdicó reconociendo la autoridad de Roma, dando por finalizado el Cisma de Occidente.

Atravesando la puerta de acceso se asciende hasta el zaguán, que comunica con diferentes estancias abovedadas utilizadas como antaño para caballerizas, cuerpo de guardia o aljibe. Un nuevo tramo de escalera comunica con el patio de armas. Este espacio militar fue reformado durante la estancia del Papa Luna, devolviendo el aspecto del antiguo claustro templario, añadiendo un jardín ornamental. En su larga estancia desarrolló su intensa actividad en el interior de una torre y otras estancias anexas, que formaban las dependencias pontificias. La cámara mayor, su dormitorio, es de planta trapezoidal y cuenta con buenas vistas del mar.

Otras estancias fueron el estudio, comedor y la biblioteca, donde guardaba su posesión más valorada. Tantos libros de múltiples disciplinas como su abundantísima obra escrita. Desde el patio de armas se accede directamente a otras importantes estancias del castillo. Por una parte la iglesia, que consta una nave rectangular cubierta con bóveda de cañón apuntada, y que se cierra con ábside semicircular. Fue capilla templaria y basílica papal de Benedicto XIII. Allí estuvo enterrado el Papa Luna de 1423 a 1430, año en que sus restos fueron trasladados al palacio de Illueca por decisión de sus familiares. Con acceso independiente desde el patio estaba el Salón del Trono. Fue utilizado para recepciones y audiencias, y aunque carece de la decoración que tuvo antaño sigue siendo de gran interés por sus dimensiones. Se cubre con bóveda de cañón apuntado y cuenta con ventanales que le aportan iluminación natural. A un nivel inferior está la bodega mayor, una estancia subterránea donde se pudo llevarse cabo el cónclave para elegir al sucesor del Papa Luna, Clemente VIII. De ahí que también se le conozca por Salón del Cónclave.

El Papa Luna quizás haya sido el aragonés de mayor influencia a nivel internacional debido a su intensa labor diplomática y sobre todo por haber alcanzado el máximo puesto en la escala eclesiástica. Sin embargo su cargo no fue reconocido debido a las disputas entre países por controlar la figura del papa. Aún así su empecinamiento le mantuvo en su puesto a pesar de los acontecimientos y la falta de apoyos, hasta el mismo lecho de su muerte. Todavía en nuestros días se conserva la expresión “mantenerse en sus trece”, que procede de la tozudez de este ilustre aragonés. Como punto y final cabe resaltar la anécdota de que a pesar de ostentar el cargo del antipapa Benedicto XIII, tres siglos después de su muerte fue investido el legítimo papa Benedicto XIII. Pietro Francesco Orsini tomó este nombre tras investirse en 1724, que se mantuvo en su cargo seis años hasta su muerte.

Cauvaca, el triste final del río Guadalope

El río Guadalope es el segundo afluente más largo del río Ebro por la margen derecha, tras el río Jalón. Nace en la Sierra de Gúdar, en las cercanías del puerto de Sollavientos. En su primer tramo pasa por las poblaciones de Villarroya de los Pinares, Miravete de la Sierra y Aliaga. Más adelante por Castelserás y Alcañiz. Y finalmente alcanza Caspe, donde llega su triste final. Su longitud aproximada es de 160 kilómetros. Según dicen es el río mejor regulado de Aragón, y por ello el más desnaturalizado. Todo ello en contrapunto con uno de sus afluentes, el Bergantes, donde llevan años luchando por justamente lo contrario, que su río discurra con naturalidad por donde siempre lo ha hecho, sin presas que alteren su cauce.

Sin embargo en el Guadalope durante el siglo XX fueron construidos entibos*, se derivaron y retuvieron sus aguas alterando de manera notable su régimen hidrográfico y su hábitat natural. En los años treinta se hizo la presa de Santolea (43 hm3) y se terminó la estanca de Alcañiz (7 hm3), que aunque no está en el cauce se alimenta de aguas del río a través de una acequia de derivación. Y en los años ochenta se construyó el embalse de Calanda (54 hm3) y el embalse de Caspe (82 hm3). La puntilla a toda esta situación fue la construcción sobre el cauce del Ebro del embalse de Mequinenza en los años sesenta, el más conocido como Mar de Aragón por sus dimensiones. Su capacidad máxima es de 1.530 hm3, y tiene una longitud mayor al centenar de kilómetros, con un perímetro de costas de 500 kilómetros debido a su sinuoso trazado. Este mega embalse fue construido con el fin de producir electricidad, y para ello anegó 3.500 ha de huertas entre otras muchas afecciones. Pero también mutiló el tramo final del río Guadalope.

*Entibo: Embalse.

Los embalses han sido defendidos como un motor de desarrollo económico por creación de regadíos y la producción de energía eléctrica. Sin embargo se ha acallado el precio pagado directa o indirectamente por los afectados de estas grandes obras hidráulicas. Las previsiones económicas de los costes de las mismas siempre superan los presupuestos iniciales, duplicándose en muchos de los casos, sin hacer cuantificación de los beneficios de manera contable. Por lo general provocan una injusta distribución de beneficios, empobreciendo los territorios donde se ubican, beneficiando a otras zonas a veces muy distantes y fundamentalmente a sectores más ricos. Todo ello sin contar con el grave e irreparable impacto medioambiental que conllevan, de valor incalculable. Muchas de estas obras, y en concreto la del embalse de Mequinenza, se llevaron a cabo bajo la dictadura de Franco, que hizo invisibilizar la tragedia que supuso para los afectados. No sólo la desaparición de miles de hectáreas de huertas, sino también de pequeños núcleos como el barrio de Cauvaca, situado junto al Cabo de Vaca, en la desembocadura del río Guadalope. Además de los medios de subsistencia tanto de sus habitantes como los de poblaciones cercanas. Se les acalló con la mordaza del consenso social que justificaba las obras como necesarias para el progreso, pero de los demás, no de los afectados. Los tiempos han cambiado y ahora las gentes tienen más libertad para luchar por lo suyo, aún siendo minoría. Y tienen más oportunidades para defender su derecho a vivir en su tierra, y la que fue de sus antepasados, y que será de sus hijos.

Y eso es lo que pasó en Cauvaca, muy cerca de Caspe. La historia de sus habitantes ha sido recuperada con la publicación del libro “Cauvaca. El paraíso perdido”, perteneciente a la colección Tedero de la Asociación de Amigos del Castillo del Compromiso de Caspe. Su autor ha sido Alfredo Grañera. En sus páginas se pretende hacer un homenaje a los habitantes de estas fértiles tierras llenas de vida. Las aguas inundaron sus viviendas y sus campos. El barrio rural estaba formado por unas 20 torres habitadas, cuyos habitantes mantenían un estrecho contacto. Y también la ermita de San Bartolomé, una fábrica románica del siglo XII. Junto a ella estaba la escuela, cuyas puertas ya estaban abiertas a principios del siglo XX. En el año 1932 alcanzó los 43 alumnos, y se mantuvo abierta hasta que las aguas del pantano lo arrebataron todo. Se llevaron por delante las vidas, los sueños, las ilusiones y el futuro de los cauvaqueros, todo menos sus remeranzas*. El relato de sus habitantes identifica a Cauvaca como un paraíso. En general el ambiente era bueno entre ellos. A pesar de la cercanía con Caspe, a tan sólo un kilómetro, estaban aislados por el río y el ferrocarril. Allí vivían tranquilos y libres de muchas de las penurias morales y económicas que se sufrieron en la posguerra. Ello se debía en buena medida a la gran fertilidad de sus tierras, cuyas abundantes cosechas llevaban a vender a Peñalba o Candasnos.

*Remeranza: Recuerdo.

Las obras del embalse de Mequinenza afectaron de manera notable al río Guadalope en su desembocadura, junto a la población de Caspe. Su casco urbano se hubiera visto afectado seriamente por la lámina del agua, con lo que tuvo que levantarse el Dique de Caspe, junto al Cabo de Vaca. Ello derivó en la interrupción física del cauce aguas arriba que se solventó técnicamente con la construcción de una represa, o Presa de los Moros. Desde este punto el cauce natural se desvía a través de tres túneles que desembocan en el embalse de Mequinenza. Sin embargo quedaba por solucionar el problema del antiguo cauce del río. Ocho kilómetros hurtados al Guadalope, que todavía forman parte de un valle por el cual puede discurrir agua en caso de lluvia. Allí también se acumularían las aguas sobrantes de las huertas que todavía se mantendrían gracias a las acequias de este tramo. Y para ello hubo que instalar cuatro potentes bombas de achique en la parte final, junto a la presa. El objetivo era evacuar tanto el agua de las escorrenterías del riego como de la acumulación de agua en caso de tormentas, y evitar así la inundación de este espacio completamente desnaturalizado.

En este tramo sólo se ha intervenido en la zona más cercana al casco urbano, con la creación de un parque que ha eliminado cualquier rastro del antiguo cauce. A escasas distancia la carretera de acceso al casco urbano ya no precisa del puente para cruzar el río, y ahora ocupa sin ningún tipo de miramiento el cauce desaparecido del río Guadapole.

En el resto, la ausencia de actuaciones en este precioso valle por el que ya no circulan las aguas del Guadalope ha provocado que se haya convertido en una auténtica cloaca. Aguas estancadas que provocan malos olores, y espacios que se han convertido en vertederos ilegales de todo tipo de enseres. Una situación denunciada desde años por los caspolinos. La publicación del libro sobre Cauvaca ha resurgido esta demanda, y se han recogido más de 3.500 de apoyo a la causa. En los últimos años se han sucedido algunas reuniones entre administraciones para poner remedio a esta situación, aunque por el momento no se han decisiones firmes para realizar las actuaciones. Se requiere de un proyecto integral que restituya el daño ecológico realizado, con el fin de recuperar el hábitat natural perdido en la medida de lo posible. Un triste final para el Guadalope, que nunca será como antes, pero que puede devolver la dignidad a este valle ahora convertido en un sumidero.

Segeda, la ciudad que cambió el calendario romano

La conquista de la Península Ibérica por parte de los romanos comenzó con la toma de las tierras del litoral levantino a finales del siglo III a.C. y la victoria sobre los cartagineses. Continuaron su avance hacia el interior topándose con los celtíberos. Este pueblo ocupaba las actuales provincias de Soria, Teruel, Zaragoza, Guadalajara, Cuenca y algunas zonas limítrofes. Se trataba de guerreros y ganaderos que vivían en tierras secas y áridas del interior peninsular. La expansión por el interior de los romanos tuvo lugar en el siglo II a.C. Una de las ciudades que opusieron mayor resistencia fue Segeda, perteneciente a la tribu de los bellos. Su importancia venía dada por la emisión de moneda propia, siendo el núcleo dominante del valle del Jalón.

Entre los años 181 y 179 a.C. tuvo lugar la Primera Guerra Celtibérica, una primera ofensiva en la que los romanos tuvieron muchas dificultades debido al agrupamiento de los pueblos celtibéricos. Tras la victoria romana los celtíberos firmaron el tratado de Graco en el año 179 a.C. Roma se comprometía al mantenimiento de la paz en las tierras ocupadas a cambio de cobrar peitas* y no permitir la edificación en las ciudades indígenas. Además podrían mantener su autonomía, así como su sistema económico incluso permitiendo el poder acuñar moneda propia.

*Peita: Tributo, impuesto.

La paz duró sólo un cuarto de siglo. En el año 154 a.C. Segeda debido a su crecimiento, en parte por el agrupamiento de pequeños núcleos cercanos, necesitaba expandirse y comenzó a construir una nueva muralla. Enterados los romanos de este hecho fueron mandados embajadores para exigir la paralización de las obras. Los segedanos interpretaban con el acuerdo que no se podían amurallar nuevas ciudades, pero sí enamplar* los límites de una ya establecida. Ante la negación de detener las obras Roma consideró roto el tratado de paz y declaró la guerra. Y a su vez marcó el inicio de la Segunda Guerra Celtibérica, que tuvo lugar entre los años 153 y 133 a.C.

*Enamplar: Ampliar.

En lugar de ser enviado el pretor (gobernador civil) de la Hispania Citerior, se envió al cónsul Fulvio Nobilior para dirigir la guerra en Hispania. Era uno de los dos cónsules elegidos ese año los cuales tenían la potestad de legislar y dirigir las legiones. La preparación de la guerra fue extraordinaria. Se organizaron cuatro legiones de 5.000 soldados cada una, más 10.000 auxiliares. Otra de las importantes decisiones tomadas estaba marcada por la lejanía de las tierras a conquistar. Lo habitual era que los cónsules tomaran posesión durante los idus e marzo, el día 15 del mes. Era una festividad religiosa en la cual se renovaban los cargos de cónsules que eran anuales. Entonces se reclutaban, entrenaban y armaban las legiones. Ello provocaría que hasta septiembre u octubre las tropas no estuvieran preparadas para actuar en la zona del conflicto, y la climatología no sería favorable. Por ello se decidió modificar el calendario consular, que comenzaba con la elección del cónsul y adelantarlo al 1 de enero. Este hecho tuvo lugar en el año 153 a.C. y se mantuvo de manera permanente en años sucesivos. Las tropas romanas llegaron a Segeda antes de lo previsto, imposibilitando la terminación de las murallas. Sus habitantes tuvieron que pedir ayuda a los numantinos, de la vecina tribu celtíbera de los arévacos. Éstos les acogieron en Numancia, y cuando los romanos llegaron a Segeda se encontraron la ciudad totalmente vacía. El cónsul ordenó perseguir a los segedanos seguro de su victoria, sin esperar a los refuerzos que estaban desembarcando en la costa. Sin embargo los celtíberos, al mando de Caro de Segeda, les prepararon una emboscada entre ambas ciudades. Acabaron con más de la mitad del ejército romano, y las tropas tuvieron que replegarse acabando eso sí con Caro, y obligando a la retirada a los celtíberos a Numancia.
El cónsul romano, una vez llegaron los elefantes y los refuerzos decidió atacar Numancia. En el ataque uno de los elefantes recibió un impacto y su reacción hizo que asustase al resto de elefantes. En medio de este caos los celtíberos salieron de la ciudad y provocaron una dura derrota a los romanos causando 4.000 bajas y la pérdida de tres elefantes. El ejército romano pasó un duro invierno en un campamento cercano a la ciudad que provocó la diezma de efectivos y de víveres. En la primavera siguiente llegó el nuevo cónsul, Marcelo, y decidió la vuelta a Roma. Esta victoria de los celtíberos permitió la vuelta a su ciudad por parte de los habitantes de Segeda. En el año 133 a.C. fue arrasada la ciudad de Numancia, tras un asedio que duró quince meses. Y a los segedanos se les permitió levantar una nueva ciudad muy próxima a la anterior. Allí se desarrolló la actividad hasta la caída definitiva en las guerras civiles romanas de Segeda en el año 72 a.C.
La influencia de la resistencia de Segeda tuvo consecuencias históricas. Como ya se ha comentado, para poder realizar el ataque en las mejores condiciones a la ciudad indígena el Senado de Roma tuvo que modificar su calendario, adelantando el comienzo del año del 15 de marzo al 1 de enero. Con lo que el cónsul elegido ejercería a partir del año 153 a.C. sus funciones coincidiendo con el año natural actual. Aunque de manera general así se documenta, el calendario civil no está claro si se modificó por la misma causa. Es decir, los estudiosos no se ponen de acuerdo cuando se estableció que el año comenzase el 1 de enero. Podría ser con la modificación del calendario romano por Rómulo (VI a.C.), coincidir con la rebelión de Segeda (II a.C.) o incluso con la instauración del calendario juliano (I a.C.). En todo caso lo que sí está claro es que los segedanos, con su gallardía se enfrentaron a los romanos, y provocaron el cambio del calendario consular, modificando a partir de entonces la fecha de la elección de los cónsules romanos.
El calendario utilizado actualmente por la mayor parte del mundo es el calendario gregoriano que es una evolución del calendario romano. Antes hubo otros calendarios como el egipcio, que data del siglo III a.C. y basa sus cálculos en los ciclos solares. Por otra parte el calendario musulmán que todavía convive en la actualidad con el gregoriano, se basa en los ciclos lunares. El origen del calendario romano tradicionalmente se remonta a la fundación de Roma en el año 753 a.C. Su primer rey, Rómulo, creó el primer calendario basado en diez meses, Martius, Aprilis, Maius, Iunius, Quintilis, Sextilis, Septembris, Octobris, Novembris, Decembris, con una duración del año de 304 días. Su sucesor, el rey Numa, lo reformó añadiendo dos meses más, Ianuarius y Februarius. Los meses tomaban su nombre de dioses y de festividades religiosas. El año romano estaba basado en ciclos lunares, con lo que hubo que realizar numerosos ajustes a lo largo de los años modificando el número de días de los meses, incluso añadiendo un mes de manera puntual para ajustarlo al año solar, llamado Mercedonius.
La reforma más importante en el calendario tuvo lugar gracias al Julio César, que creó el calendario juliano. Encargó su elaboración en el año 45 a.C. al astrónomo alejandrino Sosígenes. La duración estimada del año fue de 365 días y seis horas. Un cálculo asombroso con un error de tan sólo 11 minutos y 9 segundos al año, teniendo en cuanto la escasa tecnología de la época. Se estableció también el año bisiesto, es decir, que cada cuatro años hubiera un día más para ajustar el calendario en días completos. En cuanto a la denominación de los meses, a su muerte Quintilis pasó a denominarse Iulius, así como durante el mandato de Octavio Augusto, Sextilis se cambió por Augustus.
El Papa Gregorio XIII realizó una reforma creando el actual calendario gregoriano para ajustarlo todavía más. Fueron encargados Luis Lilio y el jesuita Chistopher Clavius en el año 1582. Fundamentalmente, debido al adelanto del equinoccio de primavera fueron suprimidos diez días en octubre del mismo año. Y para mantener este ajuste en el tiempo fueron suprimidos algunos años bisiestos. De esta manera las aproximaciones de este calendario tienen un desfase de 1 día cada 3.300 años, frente al calendario juliano, de 1 día cada 127 años. En cuanto a su implantación, en primer lugar fue en España, Italia y Portugal. Fue adoptado en los años sucesivos en los países católicos, y progresivamente en el resto de otras confesiones religiosas, pero en algunos casos este cambio se produjo siglos después. En la actualidad es el calendario civil más extendido en el mundo.
Segeda fue una importante ciudad ubicada en la comarca Comunidad de Calatayud, de origen anterior a la ocupación romana. Su nombre, Sekaida, podría significar la “poderosa”. De hecho fue una de las ciudades más importante de la Celtiberia. Y el nombre de origen celta es la transcripción del nombre que figura en las monedas que emitieron. Llegaron a realizar seis emisiones entre los siglos II y I a.C., en bronce y plata. Fueron utilizadas tanto para el uso local como para pagar los tributos a los romanos. En las monedas se representaban cabezas de lobo, jinetes, bustos de personas y otras representaciones según las emisiones o el tipo de monedas.


Segeda en realidad cuenta con dos yacimientos arqueológicos separados por un kilómetro de distancia. Se trata de la ciudad vieja, en la época de dominación celtíbera, y la ciudad nueva, bajo el dominio romano. El primer emplazamiento está situado en una elevación cerca del pueblo de Mara. Fue descubierto por Francisco Murillo y M. Ostalé en 1984. En cuanto al segundo yacimiento, está situado cerca del pueblo de Belmonte de Gracián. Este fue identificado por Adolf Chulten mediante unas excavaciones en 1933.
Segeda I, la ciudad vieja, es también conocido como Poyo de Mara. Aunque se desconoce su fundación, por la emisión de monedas se sabe que existió en la primera mitad del siglo II a.C. Su abandono se produce con el ataque de los romanos en el año 153 a.C., momento en que los segedenses se trasladan a Numancia. Se accede tomando una carretera asfaltada a la izquierda poco antes de llegar a Mara. Después debe tomarse un camino a la derecha que se acerca al cerro donde se emplaza el yacimiento. Un lugar elevado unos treinta metros sobre el terreno que lo rodea, siendo un emplazamiento estratégico en el valle. La ciudad se asentó en la cumbre y sus laderas de manera escalonada, extendiéndose por las zonas aledañas hasta alcanzar una extensión de unas 17 Ha. Durante las excavaciones se han descubierto en diferentes puntos viviendas, una de las cuales cuenta con un lagar y otra con un horno de fundición de hierro. Estaban compuestas de una planta con muros de piedra recrecidos con adobe o tapial. La evolución de la población queda de manifiesto con el descubrimiento de una mansión de unos 300 m2 que se articula en torno al patio descubierto. Es conocida por haberse encontrado un estrigilo, una pieza metálica para aplicarse ungüentos y para la limpieza de la piel, al gusto romano y griego. El elemento más visible para el visitante es la muralla. Se trata de nueve metros de longitud formado por piedras calizas de gran tamaño, con una anchura superior a cuatro metros. Parece ser que estaba a mitad de construir, por lo que se deduce que se trata de la muralla que provocó el enfrentamiento entre celtíberos y romanos. Otro de los escasos lugares visibles en la visita es el santuario, una plataforma ligeramente elevada en la periferia de la ciudad. Está cercado por muros y su superficie cuenta con grandes losas de yeso. Según los estudios realizados podría tratarse de un santuario celtibérico, que fue construido alineado con el solsticio de verano, los equinoccios, el norte astronómico y la parada mayor de la luna. Se trata del único calendario de ciclo lunisolar conservado desde la antigüedad en todo el Mediterráneo. Su hallazgo remarca el interés de los celtíberos por conocer los movimientos del sol y la luna como manera de medir el tiempo. Junto al yacimiento se ha habilitado un recinto para la reconstrucción de algunos edificios excavados, como las casa del lagar, así como otras halladas.

En cuanto a Segeda II, la ciudad nueva, también se le conoce por su ubicación, el Durón de Belmonte. Fue construida bajo los auspicios de Roma, a un kilómetro de la anterior. Erigida en una zona llana, tras la destrucción de Numancia, momento en que finaliza la segunda guerra celtibérica. Por ello se puede datar entre finales del siglo II a. C. hasta su destrucción sobre el año 72 a.C. Ello ocurrió durante las guerras civiles romanas las poblaciones indígenas del valle del Ebro tomaron partido por Sertorio, el cual fue derrotado. De las excavaciones se conserva un tramo de la muralla de cuatro metros de anchura, la cual marca un espacio interno cuadrangular urbanizado con calles rectas al estilo romano, ocupando unas unas 16 Ha. Se completa con un amplio foso de unos 45 metros de anchura, en buena parte colmatado.

Aparte de los dos yacimientos de Segeda, también hubo un tercer emplazamiento, el del campamento romano que sitió la ciudad, ubicado en los Planos de Mara.

A pesar de la importancia de este enclave aragonés para la historia de la Península Ibérica, en la actualidad está azotada por el abandono del Gobierno de Aragón. Una ciudad que fue capaz de modificar el calendario consular y de retar a Roma, uno de los imperios más importantes de la historia. Un yacimiento muy importante y de grandes dimensiones, que engloba dos ciudades con una superficie mayor de 30 ha están sumidas en el más completo olvido. Los trabajos de investigación comenzaron en los años ochenta por Francisco Burillo, catedrático de Prehistoria de la Universidad de Zaragoza. Sin embargo la época más intensa en cuanto a las excavaciones tuvo lugar entre 2004 y 2011. Entonces el equipo de trabajo contó con un presupuesto que llegó a contar con unos 300.000 de euros de presupuesto anual y unas 30 personas. Se creó una fundación y se comenzaron a realizar actividades de divulgación científica y lúdica. Por una parte se desarrolló un trabajo de arqueología experimental con la reproducción del lagar mediante la fabricación de 5.000 adobes. Asimismo se organizaron dos fiestas anuales coincidiendo con Idus de Marzo y la Vulcanalia. Con la llegada de la crisis desaparecieron los fondos de patrimonio cultural, y tuvo que disolverse la fundación, lo que conllevó la paralización de las excavaciones. En la actualidad los yacimientos se encuentran completamente abandonados, con los restos de materiales de protección mezclados con los restos arqueológicos. Los accesos a los yacimientos carecen de señalización alguna, y constan de una precaria pista en el caso de Segeda I. En el yacimiento se conservan un módulo prefabricado y un contenedor empleados en su día y ahora ya degradados. Solamente la zona reconstruida se conserva en regular estado, ya que cuenta con un recinto vallado. Acceder a lo que se conserva de Segeda II todavía es más complicado, ya que la muralla forma parte de un talud entre dos campos, sin acceso rodado, y de difícil acceso y localización incluso a pie.

En la actualidad se mantienen las dos fiestas históricas. La primera de ella son los Idus de Marzo, el domingo más cercano al 15 de marzo, con la llegada de la primavera. Esa fecha era la elegida por Roma para la elección anual de sus cónsules, y que fue modificada para poder atacar a Segeda y trasladada al 1 de enero. La Asociación Cultural Mara Celtibérica es la encargada de la organización de los actos con la colaboración del ayuntamiento de Mara. En ella se hacen recreaciones de indumentaria, mercadillos, talleres, comidas popular a base de alimentos de la época, etc. Y con la caída del sol se celebra el ritual solar de saludo a la primavera, que se culmina con un fuego purificador. La segunda cita festiva tiene lugar el sábado más cercano al 23 de agosto, día de Vulcano. En ella se vuelven a realizar talleres, visitas al yacimiento, etc. El acto central es la recreación de la batalla que tuvo lugar esta fecha entre el ejército romano, con 30.000 soldados, y el celtibérico compuesto por segedenses y numantinos que no alcanzaba los 25.000 hombres al mando de Caro de Segeda. La batalla concluyó con la derrota de los romanos y la pérdida de 6.000 soldados romanos.